03DOM

5° de Cuaresma. Semana 1ª del Salterio.
Is 43, 16-21; Sal 125, 1-6; Flp 3, 8-14.

Evangelio según San Juan 8, 1-11

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y Tú, ¿qué dices?”. Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: “Aquél de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?”. Ella le respondió: “Nadie, Señor”. “Yo tampoco te condeno –le dijo Jesús–. Vete, no peques más en adelante”.

Mi mejor versión

Señor, quiero que mi relación contigo
sea más intensa cada día. Te alabo
desde lo profundo de mi corazón
porque has decidido quedarte con nosotros
y acompañarnos hasta el fin de los tiempos.

Has decidido alimentarnos con tu propio cuerpo
a través de la Sagrada Eucaristía y aunque
nuestros engañosos sentidos humanos
sólo vean un trozo de pan,
allí estás Tú, esperando que nos hagamos uno contigo.

Ayúdame a entender
que para seguir tu proyecto de vida debo amar
y ser servidor de los demás, pues si Tú, siendo el Rey de reyes,
lavaste los pies a tus discípulos,
yo  también debo imitarte en obras y pensamientos.

Así como Tú has sanado mis heridas,
sé mi fuente de poder para poder hacer lo mismo
con aquellos que no han salido de su dolor,
escucharlos, atenderlos
y sobre todo, acercarlos a tu amor.

Con el ejemplo que me has dado
me enseñas a vivir en el amor y a salir
de ese camino egoísta que la sociedad
hoy propone: «la superación personal
sin importar a quien dejó atrás en el camino».

Dame, Señor mío, conciencia
para crecer y ser cada día mejor,
que tu alimento divino sea la fuente que me impulse
y me proyecte a hacerlo todo bien sembrando esperanzas a mi paso.

Te doy gracias
por todas las bendiciones
que hoy me darás. Ayúdame a esforzarme
sin desánimo y a ser la mejor versión de mí mismo.

Te amo, confío en tu poder transformante
que consuela y renueva el espíritu victorioso
en cada uno de nosotros a través de la Eucaristía.
Amén.

Qriswell Quero de Pérez

Yo puedo ocupar el lugar de esta mujer y escuchar las voces que me acusan. Voces no exteriores, sino interiores.

Hoy la misericordia está en el centro.

En el episodio intervienen: Jesús, enseñando a la gente. Los fariseos, que llevan ante Jesús a esta mujer. La mujer, en medio de las miradas acusadoras.

Yo puedo ocupar el lugar de esta mujer y escuchar las voces que me acusan. Voces no exteriores, sino interiores.

Otra actitud es la del Señor, que está como despistado escribiendo en el suelo, y dice: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. Porque la condición de pecadores nos iguala. Los fariseos no se reconocen entre los pecadores.

El diálogo entre Jesús y la mujer puede ser también para mí: “Nadie te condena… Andate y no peques más”.

Estamos concluyendo la cuaresma, rumbo a la Pascua. Seguro quedan cosas por trabajar y hoy es una excelente ocasión para recuperar los propósitos iniciales.

Recemos con Pablo: “Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás. Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil. 2, 4-5).

Marcos Stach, SJ.