17DOM

Pascua de la Resurrección del Señor.
Hech 10, 34. 37-43; Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23; Col 3, 1-4 (o bien: 1Cor 5, 6-8).

Evangelio según San Jn 20, 1-9 (o bien: Lucas 24, 1-12)

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; éste no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: Él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

“La resurrección es la experiencia que transforma aquellos lugares de muerte en lugares de vida”.

Magdalena, Pedro y Juan llegan al sepulcro cargando sus experiencias de dolor y de frustración al tercer día de la muerte de Jesús. Es justamente ese dolor el que les impide reconocer el milagro y comprender lo que estaban viendo. Sólo Juan, que contempla con amor, cree, aun sin ver al Señor. Aquel día, la oscuridad de la noche, de la tristeza y del miedo, se transformó en luz de un nuevo día. El silencio de la muerte se transformó en palabra de vida y el lugar vacío del sepulcro en una fuente pujante de vida y esperanza.

La piedra, que impedía la entrada al sepulcro, se transformó en piedra fundamental, desde donde se podrá construir la vida de fe. La piedra también puede representar aquellos impedimentos para creer que traían los discípulos: noches oscuras de miedos e inseguridades y dudas de todo tipo. Todos cargamos con algunas de estas piedras, que nos impiden acercarnos a Cristo.

¡La piedra fue sacada y Jesús no estaba! ¡El sepulcro es el lugar de la resurrección! La resurrección es la experiencia que transforma aquellos lugares de muerte en lugares de vida, las piedras en rocas firmes, en fundamentos de un nuevo camino de vida, en certezas y en cimientos de futuras decisiones.

Agustín Borba, SJ.

Especial Semana Santa: Sentimientos de Pasión

Esta Semana Santa te invitamos a vivir con los sentimientos de la Pasión para poder adentrarnos más en el misterio de su muerte y resurrección. Jueves Santo: Amor. Viernes Santo: Soledad. Sábado Santo: Desesperanza.
Domingo de Pascua: Alegría.

Domingo de Pascua. La alegría según María Magdalena

La alegría no tiene precio, no se puede comprar ni vender. La alegría se comparte. La alegría no se define, se demuestra. La alegría es saber que el sol vuelve a salir. La alegría es caer en la cuenta de que muchas piedras en el camino -a veces muy grandes- fueron corridas por alguien que te ama, te quiere. La alegría es experimentar, en medio del desconcierto, que alguien te dice ¡no temas! La alegría es la convicción de que la muerte no tiene la última palabra. La alegría es sentir que la vida tiene un para qué, que no somos hechos en serie, sino que estamos para algo único e irrepetible. La alegría es confiar en la promesa del encuentro, de la presencia que nos restaura, nos devuelve la esperanza y la misión. La alegría es saber que no se comprende ¡todo ya!, se confía, se aguarda y se le pide al corazón que abra sus puertas a las increíbles sorpresas. La alegría es correr, es temblar, es estar fuera de sí. No para ganar ni escandalizar, sino para contagiar.

Al Resucitado se lo conoce por sus efectos, como decía Ignacio [EE223]. Los efectos de la alegría son aquellos capaces de robar verdaderas sonrisas, aún en la mudez o el miedo. Cuando se contagia alegría, no se contagia una teoría, sino que se transmite un abrazo. El efecto de la alegría no llena las cabezas con teoría, sino que llena el corazón de presencias, de rostros, de palabras, de lágrimas por sentirse uno que no está solo. El efecto de la alegría no termina en nosotros, es para otros. Muchas veces temblando, otras veces corriendo, no dejemos que los ladrones de esperanza roben la alegría que da paz, la fortaleza que sostiene en la lucha diaria, el perdón que devuelve la amistad.

Es tiempo de dejarse llevar por la alegría. Muchas veces, en medio de nuestros llantos y sufrimientos, alguien se acercará y nos preguntará por qué lloramos. Nos llamará por el nombre y caeremos en la cuenta de que hay alguien que no defrauda, que siempre se la juega y que nos hace protagonistas, testigos. Cuando el efecto del Resucitado se nota, sentimos que verdaderamente vale la pena esperar, confiar, amar y entregar la vida en aquello que es realmente importante y esencial.

Marcos Muiño, SJ.