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De la feria. Nuestra Señora del Valle. (ML).  San Pío V, papa. (ML).
Hech 6, 1-7; Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19.

Evangelio según San Juan 6, 16-21

Al atardecer de ese mismo día, en que Jesús había multiplicado los panes, los discípulos bajaron a la orilla del mar y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaúm, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento. Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo. Él les dijo: “Soy Yo, no teman”. Ellos quisieron subirlo a la barca, pero ésta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban.

« Madre,ayúdanos a ver nuevas todas las cosas en Cristo»

1er día: Fe

«La fe no es una fuerza mágica con la que logramos obtener cualquier tipo de deseo. Tener fe, no es creer que Dios nos dará, a fuerza de rezos, lo que no podemos alcanzar por nuestros propios medios.
Tener fe no es solo creer que Dios existe, sino, que Dios actúa. Tener fe es ver todos los aspectos de nuestra vida con nuevos ojos y ponernos en las manos de Dios, para crear con Él un vínculo, tan fuerte y firme, como la casa construida sobre la roca. Tener fe significa buscar y seguir su voluntad y no la nuestra. Asumir los avatares de cada día confiando en Él, en lugar de sufrir anticipadamente por lo que, tal vez, podría suceder mañana. Tener fe, es entregarnos a su amor y dejarnos conducir por Él, aunque por momentos nos toque transitar por «oscuras quebradas». En pocas palabras, tener fe es
confiar en Dios a pesar de todo.»
Oración: Madre, enséñanos a mirar la vida y los acontecimientos con ojos de fe. Que nuestros deseos y anhelos no nos impidan ver la presencia de tu Hijo que nos ama y cuida de maneras, que a veces no podemos imaginar. Abre nuestro sentido de la vista, para mirar con fe y reconocerlo en todas las cosas.

Padrenuestro, Ave María y Gloria

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Inmaculada Virgen María, Madre de los milagros y del consuelo. Venimos a tus pies, confiado en tu amor infinito, a que nos ayudes a «ver nuevas todas las cosas» como enseñaste a tu Hijo Jesús. Te damos gracias por los favores que concedes a cuantos recurren a tu intercesión; por el consuelo que das a tantas familias que piden tu protección, por los tantos enfermos que se han sentido cuidados y sanados por tu ternura, al solo contacto con los algodones tocados con tu sudor milagroso.
Te pedimos, que nos ayudes a (se pide la gracia que se quiera alcanzar) y a abandonarnos en Dios como vos lo hiciste a sus designios. Madre de los Milagros, vos que siempre tuviste puesta tu fe en el plan de Dios, ayúdanos a confiar en sus caminos.

Historia del Milagro

Era el 9 de mayo de 1636 y la pequeña Santa Fe iniciaba un nuevo día de arduas tareas.

En el templo de la Compañía de Jesús, edificado sobre uno de los costados de la plaza mayor, el Padre Rector del Colegio y de la Iglesia, Pedro de Helgueta, SJ, oraba arrodillado frente al cuadro de Nuestra Señora, como todas las mañanas. Habiendo finalizado la Misa, alrededor de las ocho horas, el Padre levantó la vista hacia el cuadro y se sorprendió por lo que creyó era humedad del ambiente condensada en la pintura. Pero pronto comprendió que el brillo tenía un origen distinto.

Incorporándose descubrió que de la mitad de la Imagen para arriba la pintura estaba totalmente seca, mientras que hacia abajo corrían hilos de agua resultantes de innumerables gotas emanadas en forma de sudor. Siguió recorriendo con la vista hacia abajo y comprobó que el caudal ya estaba mojando los manteles del altar y el piso.
Al ver el asombro del sacerdote, varias personas que aún permanecían en la iglesia se acercaron y pudieron conocer lo que estaba ocurriendo. Comenzaron a embeber aquel agua en algodones y lienzos, mientras el número de fieles y curiosos crecía junto al júbilo y las exclamaciones. Las campanas de la Iglesia no pararon de repicar, para anunciar a todo el pueblo lo que estaba sucediendo. A pocos minutos llegaron el Vicario y Juez Eclesiástico de Santa Fe (Cura Hernando Arias de Mansilla), el Teniente de Gobernador y Justicia Mayor (Don Alonso Fernández Montiel), el General Don Juan de Garay (hijo del fundador) y el Escribano del Rey, Don Juan López de Mendoza.

Subido en un banco el propio Vicario tocó con sus dedos la tela del cuadro, procurando contener los hilos de agua que descendían, pero por el contrario, continuaba manando copiosamente cambiando de dirección al contacto con la mano. Esto duró algo más de una hora, como lo atestigua el acta que se conserva hasta hoy en el Santuario. También se conserva una reliquia de los algodones tocados en el sudor y que besan agradecidos todos los fieles cada 9 de mes.