16MAR

De la feria. San Esteban de Hungría. (ML).  San Roque. (ML).
Ez 28, 1-10; [Sal] Deut 32, 26-28. 30. 35-36.

Evangelio según San Mateo 19, 23-30

Jesús dijo entonces a sus discípulos: «Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos. Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos». Los discípulos quedaron muy sorprendidos al oír esto y dijeron: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?». Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres esto es imposible, pero para dios todo es posible». Pedro, tomando la palabra, dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?». Jesús les respondió: «Les aseguro que en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna. Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros.

La función del dolor

Todo el dolor del mundo llega a nosotros para que nos ablandemos, para que nos suavicemos, para que nos sensibilicemos, para que el orgullo y las máscaras de fortaleza se caigan como las hojas de otoño. El dolor no es una maldición, es una invitación a que seamos completamente lo que siempre fuimos en secreto.

Dejemos de rechazarlo por un instante, dejemos que nos inunde, dejemos que nos enseñe cuál es nuestra verdad. Estamos llamados a llenarnos de coraje para empoderarnos de toda la creatividad que brinda el cielo, la tierra y la magia que llega desde fuera de todo tiempo y lugar.

Soltemos por un momento la testarudez que usamos para defendernos. Por temor a la muerte, estamos muertos en vida. Por temor a la soledad, nos relacionamos solamente de manera asustadiza y superficial.

No hay seguridad más que la de confiar en nuestras entrañas, en nuestros impulsos primarios, en la aventura de estar vivos. Arriesguemos toda comodidad mundana por una vida auténtica, llena de pasión y novedad. Arriesguemos cualquier compañía física por tener relaciones íntimas de amistad, en las cuales podamos hablar con el corazón en la mano y en las cuales podamos ser ciento por ciento nosotros mismos: superficiales, profundos, brutalmente honestos.

La Vida siempre nos demandará que nos desnudemos, que confiemos, que nos arriesguemos. Por eso duele. Por amor. Para que vivamos nuestra verdad e inspiremos a otros a vivir la suya.

De lo único que podemos arrepentirnos en el lecho de muerte es de no habernos arriesgado.

Ignacio Asención.