19VIE

De la feria. San Juan Eudes, presbítero. (ML).
Ez 37, 1-14; Sal 106, 2-9.

Evangelio según San Mateo 22, 34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”. Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.

Ser misionero

Algunos misioneros creen que su tarea es salir a derrotar herejes… buscar adeptos… llevar la fórmula de la salvación a domicilio… vender un producto bien empaquetado… librar un combate por la fuerza… atraer a la gente haciéndola sentir presa de sus culpas… lucirse en todas partes con el «carnet» de elegido… y, luego, irse a dormir satisfechos y convencidos de haber cumplido su misión…

Tratemos de no confundirnos, reflexionemos…

Un misionero es alguien que ha experimentado la presencia salvífica de Dios. Lo ha escuchado y comprendió que Él lo está llamando a servir. Experimentó su pequeñez y se sabe humilde instrumento. Un misionero es fiel a ese encuentro de Amor con el Señor… y siempre va anunciándolo con su propia vida. Por eso su testimonio no descuida detalles (gestos, palabras, acciones). Encuentra su fortaleza en la oración, personal y comunitaria, su sustento en la Palabra de Dios: la Biblia, su fuente de gracia en los Sacramentos.

Un misionero crece, madura y se transforma junto a los hermanos, y en unidad fraterna comparte su camino de conversión con ellos. Tiene el corazón abierto al diálogo, a la escucha y a la solidaridad. Un corazón que lo hace vibrar frente a la necesidad del otro, que le permite comprenderlo, y comprometerse en una alianza de amor.

Alberto Devoto.