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San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia. (MO).
Ez 40, 1. 3; 43, 1-7; Sal 84, 9-14.

Evangelio según San Mateo 23, 1-12

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos: Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas, difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar “mi maestro” por la gente. En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. El mayor entre ustedes será el que los sirve, porque el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado.

Agradecidos

Hay un dicho muy conocido que dice: las buenas historias sólo le ocurren a quien sabe contarlas. Y algo de cierto hay. No es que esas personas tengan un imán para las buenas historias, creo yo. Como si a ellos les pasasen más cosas divertidas, o más románticas, o más sorprendentes que al común de los mortales. Más bien, imagino que les ocurrirán las mismas cosas que a todo el mundo… pero su mirada, sabe captarlas de un modo que se vuelve una gran historia que contar.

Algo de esto nos podría pasar si entrenásemos una mirada agradecida a nuestra propia vida. Porque sí, el agradecimiento se puede educar. ¡Se entrena y se aprende! He aprendido que una mirada agradecida cada noche hace resaltar ese lado bueno de las cosas. No es que no hubiera dificultades, claro que las había. Pero también éstas se convirtieron en oportunidades para crecer.

Se trata de releer cada día en esa clave. ¿Qué puedo agradecer hoy, Señor? Porque si uno mira bien, nuestra vida está llena de motivos por los que dar gracias. Desde lo más insignificante a lo más grande. Desde el amanecer, hasta el atardecer. Respirar, andar, abrazar a alguien, charlar con un amigo, leer algo apasionante, dejar cumplida una tarea, sentirme cansado después de hacer deporte…

Entonces cambio la frase con la que comenzaba: Las buenas cosas sólo le ocurren a quien sabe agradecerlas. Quiero decir, nos ocurren a todos, pero sólo las reconoce quien sabe agradecerlas. Y yo quiero ser de esos.

Charlie Gómez-Vírseda, SJ.