21DOM

21° durante el año. (San Pío X, papa). Semana 1ª del Salterio.
Is 66, 18-21; Sal 116, 1-2; Heb 12, 5-7. 11-13.

Evangelio según San Lucas 13, 22-30

Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén. Una persona le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”. Él respondió: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’. Y él les responderá: ‘No sé de dónde son ustedes’. Entonces comenzarán a decir: ‘Hemos comido y bebido conti­go, y tú enseñaste en nuestras plazas’. Pero él les dirá: ‘No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!’. Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abra­ham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos”.

«Jesús nos invita a entrar en comunión espiritual con su modo de proceder y de vivir».

Jesús nos congrega no sólo a recibir su cuerpo y su sangre en la Eucaristía, sino también a entrar en comunión espiritual con su modo de proceder y de vivir.

En las celebraciones eucarísticas podemos encontrar personas que viven indistintamente la Eucaristía y la comunión espiritual. Hay quienes la reciben asiduamente y están en comunión con el Espíritu de Jesús. Su manera de actuar y proceder son un reflejo de su amor.

Hay otras que se acercan a comulgar, pero no cultivan la comunión espiritual con sus hermanos ni con la creación. Juzgan duramente sin misericordia ni compasión. Estas personas han vaciado la Eucaristía de sentido y contenido.

Están las personas que participan de las misas, pero no pueden comulgar por algún motivo. Viven entonces la comunión espiritual tratando de hacer el bien a los demás. No juzgan a los otros porque ellos mismos se sienten juzgados.

Es posible recibir la Eucaristía y no estar en comunión espiritual con Jesús. Y también es posible que muchos, aún sin recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesús, vivan en su Espíritu.

Ahora te invito a que leas de nuevo el Evangelio y reflexiones. Dicen: “Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas”. Jesús responde: “No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!”. ¿Cómo te suenan ahora estas palabras? ¿Vives la Eucaristía en comunión espiritual?

Javier Rojas, SJ.

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La comunidad y el encuentro

Junto a la familia y los amigos, hay otro tipo de vinculación que, desde la fe, podría (y quizá debería) convertirse también en refugio, casa y punto de encuentro. Ese es el horizonte de la comunidad y lo que la Iglesia puede llegar a ser. Es Jesús el que nos une. En el evangelio vamos intuyendo la unión que genera entre aquellos que comparten camino con él. Unión entre discípulos y amigos, entre quienes le siguen y quienes le esperan. Unión entre quienes le quieren. Jesús se convierte muchas veces en piedra de unión. Y cuando le seguimos o compartimos con él parte del camino, entonces nos descubrimos peregrinos y compañeros de otros muchos que comparten la misma fe.

Desde la fe, el espacio en el que compartimos y celebramos la presencia de Dios entre nosotros puede ser también, para cada uno, un lugar donde vivir la calidez y la acogida, la aceptación y el reposo, la alegría y el envío. Y si los es para cada uno de nosotros, debería serlo para todos en conjunto. Nos reconocemos diferentes en sensibilidades y capacidades, en historia y carismas, en formas y miradas…, pero esa es nuestra riqueza, si al tiempo estamos unidos por lo importante. ¿Y qué es lo importante? Esa presencia de Dios en nosotros, de un espíritu que nos alienta y nos sana, nos impulsa y nos llena. Esa escucha de una palabra que habla de nuestras vidas y nuestro mundo, y al tiempo nos despierta y nos serena, nos llama y nos envía, nos tranquiliza y nos urge a extender por el mundo una propuesta y un proyecto de fraternidad, lo que llamamos El Reino de Dios.

Las formas en que se concreta esa pertenencia común son muy diversas: parroquias, comunidades religiosas, movimientos, grupos, una participación más puntual o difusa… En cualquier caso, ojalá la Iglesia sepa ser nuestro mundo, espacio de encuentro, hogar donde todos tengan cabida, casa, aceptación y ayuda.

José María Rodríguez Olaizola, SJ.