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2° de Adviento. Semana 2ª del Salterio.
(San Juan Damasceno, presbítero y doctor de la Iglesia).
Is 11, 1-10; Sal 71, 1-2.7-8.12-13.17; Rom 15, 4-9.

Evangelio según San Mateo 3, 1-12

En aquel tiempo se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca». A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: «Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos». Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: «Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: «Tenemos por padre a Abraham». Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible».

«La conversión es una decisión, no se hereda, es una decisión que cada persona debe tomar por sí sola».

Estamos transitando el Adviento. Hoy vemos a Juan en el desierto de Judea citando al profeta Isaías y diciendo: “Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”. ¿Qué significa que Juan nos convoque desde “el desierto”?

Juan es un líder distinto a los demás. No los llama desde el Templo o de las sinagogas a preparar el camino, sino que lo hace desde el desierto. En el desierto Israel conoció muy bien a Dios, pasó sus mejores años con Él. En ese lugar aprendió a confiar en él, a buscar su protección y a abandonarse a su providencia.

Este hombre que vestía con ropas rústicas y se alimentaba de langostas busca un cambio radical en el modo de relación que tiene el pueblo con Dios. Esta renovación se hará volviendo al desierto, lugar de encuentro y alianza entre el pueblo elegido y Dios.

La invitación que les hace Juan al Pueblo de Israel, es la misma que nos hace hoy a nosotros. Aquellos no fueron llamados al desierto ni nosotros estamos aquí hoy, para ser espectadores de un evento sino para ser protagonistas de la propia trasformación interior. A veces creemos que con solo venir a la misa o entrar a una Iglesia a rezar se producen los cambios interiores. No, la conversión es una decisión, no se hereda, es una decisión que cada persona debe tomar por sí sola.

En este Adviento somos convocados a través de las palabras de Juan el Bautista a revisar nuestra fe y a reencontrarnos con Dios, y a renovar el pacto de amor que hicimos con Él.

Javier Rojas, SJ.
Cuaderno Espiritual.

Tomar la iniciativa

Adviento es tiempo de preparación para la venida de Jesús. Es tiempo de “buscar y hallar” aquellos caminos que el Espíritu señala a cada uno, dentro y fuera de nuestros espacios ordinarios.

Quizás el primer paso que podamos dar para vivir este tiempo sea el de tomar la iniciativa. Buscar y hallar en mi vida aquello que Dios quiere para mí, implica discernir.

Un discernimiento que nos ayude a cuestionar lo que hemos hecho como “normal y natural” en nuestra vida cotidiana y estilos de vida. Que nos invite a descubrir, desenmascarar o poner en evidencia nuestros engaños y apegos que hemos asumido como normales y naturales. Ignacio de Loyola nos enseña que los apegos son las cosas que nos impiden alcanzar el fin para el cual hemos sido creados que nos permite nuestra plena realización y felicidad genuina. Los apegos no son sólo las cosas materiales, sino que también pueden ser personas, instituciones y quizás algunos pensamientos, sentimientos y movimientos espirituales interiores que nos van alejando, muchas veces sin darnos cuenta, de ese fin.

¿Qué apegos puedo nombrar yo en este momento de mi vida que me impidan mirarme amorosamente  y encontrarme con los demás? Los apegos más peligrosos, porque son lo más difíciles de reconocer, son aquellos que suenan a verdad, que parecen razonables y por ello los asumimos sin problema y sin crítica.

Cuestionar lo normal y lo natural implica abandonar el cómodo criterio de “siempre se ha hecho así” o “siempre lo he hecho así” y conlleva el reto de repensar las estructuras sociales y personales. “Tomar la iniciativa” es un conjunto de pasos concretos que podemos dar para poder caminar hacia afuera de nosotros mismos,  que nos invita a un encuentro con otro que está llegando. En este camino probablemente reconozcamos diferentes apegos y engaños que nos dejan estáticos, sin poder avanzar. Cosas que no queremos ceder y que nos impiden llegar a los demás. Justificaciones y discursos que hemos autoconstruido como incuestionables, innegociables.

El tomar la iniciativa y decidir ponernos en camino, definitivamente nos invita a salir de nosotros mismos, ir al encuentro con otros; buscar a personas lejanas (que normalmente no considero en mi vida y mi historia, los que no forman parte de mis amigos); y encontrar a los olvidados y excluidos.

Para poder vivir esta invitación es necesario predisponer el corazón e internar que estos pasos sean verdaderamente genuinos. Hacernos disponibles a todas las cosas de tal manera que no busquemos más riqueza que pobreza ni más honor que deshonor.

Rodrigo Antonio López Díaz.
Adaptación.