06MAR

De la feria.
San Nicolás, obispo. (ML).
Is 40, 1-11; Sal 95, 1-3. 10-13.

Evangelio según San Mateo 18, 12-14

Jesús dijo a sus discípulos: “¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, el Padre de ustedes, que está en el cielo, no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños”.

Dios siempre menor

Yo sé que tú eres
el Dios siempre mayor.
Te nombramos
el Inefable, el Ilimitado,
el inconmensurable,
el Infinito,
confesión arrodillada
al borde del esfuerzo
porque no podemos
encerrarte en la palabra,
ni confinarte
en el proyecto.

Hoy prefiero llamarte
Dios siempre menor.
Estás en el fondo
del ojo redondo
del microscopio
en su viaje sin fin
al interior
de todo lo pequeño.

Eres el Dios
de los tres puntos
suspensivos,
cuando se agota
el corazón
y el diccionario.

Eres el Dios
de la complicidad primera
de dos ojos que se buscan
en el encuentro
sin saberlo,
y del inicio germinal
en la fantasía
y el lienzo,
en los vientres
y los surcos.

Eres el Dios
sin espacio
expulsado al margen
donde acaba
el nombre de las calles,
donde apuestas por la vida
entre basura,
donde acoges la muerte
entre tus brazos,
donde la vida
está tan cerca
de los golpes,
y el nacimiento
tan cerca del ocaso.

Dios pequeño,
Dios de abajo,
me gusta
que me sorprendas
envuelto en la ropa
de lo cotidiano,
cuando no te vemos
porque viajamos
en un blindado
sin ventanas,
al que llamamos
rutina,
costumbre,
conocido,
archivado.

Benjamín Gonzalez Buelta, SJ.