11DOM

3° de Adviento. Semana 3ª del Salterio.
(San Dámaso I, papa).
Is 61, 1-2. 10-11; [Sal] Lc 1, 46-50. 53-54; 1Tes 5, 16-24.

Evangelio según San Mateo 11, 2-11

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?». Jesús les respondió: «Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de escándalo!». Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: «¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. Él es aquel de quien está escrito: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino». Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.

«Jesús desconcertó a todos, y nos desconcierta también a nosotros».

Juan observa y escucha a Jesús y pareciera que está desconcertado. La «voz que grita en el desierto» con esa invitación a la conversión con un lenguaje y contundente, choca con la manera mansa con que el Maestro lleva adelante su ministerio.

Ante esta situación envía a sus discípulos a preguntar a Jesús, «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?». Esta pregunta refleja la incertidumbre de un hombre que parece que no entiende el modo de proceder de Jesús. El Maestro no tiene un mensaje tan incisivo, vehemente, y cuestionador como el suyo.

Jesús desconcertó a todos, y nos desconcierta también a nosotros. Su mensaje de compasión y misericordia es escandaloso para una mentalidad tan rígida y legalista que no sabe mirar más allá de las acciones de las personas para atender al corazón. Es verdad que solo Dios conoce el interior de cada ser humano, pero no es menos cierto que el Maestro nos enseñó que antes de quitar la pelusa del ojo ajeno, debemos quitar primero la viga que tenemos en el nuestro y entonces veremos bien (cfr. Mt 7, 2-5).

Ante la pregunta de los discípulos de Juan, Jesús responden «Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres». ¿Puedes imaginar cómo recibió Juan esta respuesta del Maestro? ¿Qué sentimientos experimentó? En ese mensaje le estaba diciendo algo así: «Juan, estamos en un nuevo comienzo, iniciando un nuevo tiempo, y necesitamos comunicar el amor de mi Padre de una manera tal que los pobres, los sencillos, los discriminados, los que vagan por las calles, los que no tienen quiénes los ayuden ni contengan, entiendan que tiene un Padre que, desde el cielo, cuida de ellos».

Me atrevo a pensar, que cuando Juan recibió ese mensaje, sus ojos se llenaron de emoción y sintió en su corazón que su misión había culminado. Ahora él también podía descansar en paz porque con sus propios ojos, al igual que el viejo Simeón, habían visto a aquel de quien todos los profetas hablaron.

Javier Rojas, SJ.

Recuperar el Adviento

Qué bueno es tener motivos para esperar. No pasa nada si nos falta algo, si hay heridas, si en algún momento la vida va achuchada. En realidad hay etapas en las que lo importante es escuchar la promesa de algo bueno. Y creerla, si quien promete es alguien de fiar (Dios lo es). Llegará la sanación para las heridas. Llegará la luz para disipar las sombras. Llegará la paz a las personas. Llegará el amor a poblar las soledades. Llegará la palabra a tender puentes. Llegará el descanso, compartido. Llegarán nuevas ideas, nuevas canciones, nuevos proyectos. Llegará Jesús.

El adviento es el tiempo en que Dios nos promete que su amor no descansa. Por cada uno de nosotros. Que salvará distancias infinitas. Que se hará pequeño para encontrarnos. Que vendrá a nuestras vidas. Que creerá en cada uno de nosotros, conociendo nuestra verdad profunda. Y que nos saldrá al encuentro en caminos inesperados. Y esa promesa vale un mundo.

Pastoral SJ.