15JUE

De la feria.
Is 54, 1-10; Sal 29, 2.4-6.11-12. 13.

Evangelio según San Lucas 7, 24-30

Cuando los enviados de Juan el Bautista partieron, Jesús comenzó a hablar de él a la multitud, diciendo: “¿Qué salieron a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salieron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que llevan suntuosas vestiduras y viven en la opulencia, están en los palacios de los reyes. ¿Qué salieron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. Él es aquél de quien está escrito: Yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan, y sin embargo, el más pequeño en el Reino de Dios es más grande que él”. Todo el pueblo que lo escuchaba, incluso los publicanos, reconocieron la justicia de Dios, recibiendo el bautismo de Juan. Pero los fariseos y los doctores de la Ley, al no hacerse bautizar por él, frustraron el designio de Dios para con ellos.

Lo que habeis visto

Demasiados filtros
nos ciegan
al amor evidente,
derramado
sobre nosotros
desde el día primero
en que fuimos soñados
por Dios mismo.
Y así, despotricamos,
lamentamos,
profetizamos calamidades,
describimos apocalipsis,
el mundo apesta,
la gente aburre,
la vida cuesta,
la fe no cumple
con sus promesas.
Es tiempo de buscar
a quien sepa mostrar
un paraje distinto,
la salvación en torno,
la esperanza que late
en personas y pueblos.
Es tiempo de acoger
la voz de los profetas
que rechazan moverse
por la ciudad del odio,
y eligen habitar
en la tierra renacida.
Basta de pregoneros
de malestar y ruido.
Dad paso a la Palabra
que fecunda lo estéril
y enciende la alegría.
Que callen los agoreros
y hablen los portadores
de la esperanza inmortal.

J.M. Rodriguez Olaizola, SJ.