20MAR

De la feria.
Is 7, 10-14; Sal 23, 1-6.

Evangelio según San Lucas 1, 26-38

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. María dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?”. El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios”. María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra”. Y el Ángel se alejó.

El desconcierto de María

Escribir sobre los sentimientos de los personajes bíblicos nunca es fácil. Primero, porque se debe entrar en “la piel” del mismo personaje, en su misma situación y contexto, y segundo porque no se debe perder de vista la intencionalidad del autor sagrado, no siempre tenida en cuenta. Pero, intentando sortear ambos obstáculos, veámos qué tienen para decirnos los sentimientos del personaje “María” en el relato lucano.

En Lucas, después de la Introducción al Evangelio (Lc 1,1-4), los primeros personajes que aparecen en escena no son Jesús ni María sino Zacarías y el ángel. Lo interesante es que en ese diálogo aparecen elementos que luego se repetirán en el diálogo con María. Uno de ellos son los sentimientos de Zacarías cuando ve el ángel: etarajthe kai phobos, es decir, fue turbado y tuvo miedo (1,12). De María se dirá “dietarajthe kai dielogizeto, es decir, fue turbada y se preguntaba…” (1,29). Dos personajes pero una reacción similar frente al mismo hecho, la aparición del ángel, mensajero de Dios. Pero entre uno y otro hay una diferencia fundamental: el tiempo. Pues el verbo que acompaña la segunda acción de Maria –“se preguntaba”- indica que ella se toma el tiempo necesario para asimilar tamaña visita. El texto evangélico busca expresar que la acción de Dios sobre el mundo y sobre los hombres necesita ser acogida y asimilada. Lo mismo nos pasa a nosotros quienes, después de una gran noticia, ya sea linda o no tan linda, necesitamos tiempo para asimilar e interiorizar la novedad, es decir, necesitamos tiempo para hacer vida en nosotros eso que escuchamos y acunamos en nuestro interior.

El relato nos cuenta la vocación de María, y como en todo relato vocacional, la objeción y la resistencia deben aparecer (1,34). También en Zacarías (1,18) al igual que en nosotros hoy. Pues esas resistencias indican un poco de consciencia del llamado de Dios y de nuestra condición humana.

Los grandes misterios de la vida se asimilan de a poco. El problema está en que hoy parece que no tenemos tiempo para dicho trabajo interior, y por eso decidimos vivir a la ligera, creyendo que un duelo o una pérdida, por el hecho de haber sucedido ya está asimilado; o que el regalo de ser madre o abuela se comprende y se vive por el sólo hecho de tener al niño entre los brazos. Grave error.

Que el proceso humano de María nos ayude a asimilar el gran regalo de Dios que no es otro que enseñarnos a ser humanos. Porque la Encarnación es de los grandes misterios que aún como Iglesia de Cristo no nos hemos animado a asimilar del todo…tal vez por falta de tiempo.

Alfredo Acevedo, SJ.
Especial «Sentimientos de Belén».