24SAB

De la Feria.
2Sam 7, 1-5. 8-12. 14. 16; Sal 88, 2-5. 27. 29.

Evangelio según San Lucas 1, 67-79

Zacarías, el padre de Juan, quedó lleno del Espíritu Santo y dijo proféticamente: “Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su Pueblo, y nos ha dado un poderoso Salvador en la casa de David, su servidor, como lo había anunciado mucho tiempo antes por boca de sus santos profetas, para salvarnos de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odian. Así tuvo misericordia de nuestros padres y se acordó de su santa Alianza, del juramento que hizo a nuestro padre Abraham de concedernos que, libres de temor, arrancados de las manos de los enemigos, lo sirvamos en santidad y justicia bajo su mirada, durante toda nuestra vida. Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor preparando sus caminos, para hacer conocer a su Pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados; gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz”.

La paz en la noche

¿Noche de amor? ¿Noche de Paz? Hoy es Nochebuena y la imagen que viene es la de la quietud del pesebre. Silencio, contemplación. Pero la paz del nacimiento es más que quietud y silencio. El pesebre es una verdadera escuela de paz, pero ¿qué paz? El nacimiento de Jesús movilizó los corazones y sacó al descubierto las ambiciones de muchos. El nacimiento trae paz de una verdad que muchas veces duele. El nacimiento de Jesús vino de la mano de la incomprensión, el no cuadrar en los esquemas. Hay una paz que brota del no poder controlar todo, del dejarse sorprender, del cortar con lo siempre igual, y esto no es fácil. El nacimiento de Jesús vino acompañado del miedo. María tenía miedo, José tenía miedo. No sabían bien en lo que se estaban metiendo, pero algo les pedía confiar. Hay una paz que no es tranquilidad de un corazón inmutable. La paz del nacimiento trae movimientos en el corazón, mezcla de miedo y confianzas que se dan en el camino. La paz del nacimiento hace los latidos cada vez más fuertes. Hay ansiedad, pero la ansiedad de quien arriesga todo y da el salto en las manos de Dios. El nacimiento de Jesús no se da sin dolor. Hay una paz de la parturienta que mezcla alegría, grito y dolor. Es una paz fruto de amar hasta con las últimas fuerzas. El nacimiento de Jesús abre las puertas a quienes otros se las cierran. La paz del nacimiento es hospitalidad y encuentro con el pobre, con el que está en las afueras. La paz del nacimiento no siempre huele bien, no siempre es salud, no siempre es lucidez. La paz del nacimiento abre puertas, no pregunta tanto.

Marcos Muiño, SJ.
Especial Sentimientos de Belén.