25DOM

Natividad del Señor. (Solemnidad con octava).
Misa de la noche: Is 9, 1-6 ; Sal 95, 1-3. 11-13; Tit 2, 11-14.

(Misa de la aurora: Is 62, 11-12; Sal 96, 1. 6. 11-12; Tit 3, 4-7; Lc 2, 15-20.
Misa del día: Is 52, 7-10; Sal 97, 1-6; Heb 1, 1-6. Jn 1, 1-5. 9-14).

Evangelio según San Lucas 2, 1-14

Apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque donde se alojaban no había lugar para ellos. En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por él!”.

«Creer exige pequeñez, no hay más opción que hacernos chicos».

Estamos en Navidad y se nos mezclan muchas cosas lindas. Festejamos que Jesús nace por nosotros y la alegría se nos hace contagiosa. Pienso que nos ayudan nuestras celebraciones, donde nos reunimos con aquellos afectos más profundos con quienes buscamos alegrarnos de tamaño nacimiento.

Si miramos el evangelio, todo destila alegría: los ángeles que cantan, los pastores que salen en plena noche hacia Belén a ver al chico que recién nació de madre Virgen: ¡Cosa de no creer! Como nos pasa a nosotros, cuando nos topamos con esas personas que, más con su presencia que con sus discursos, nos comunican esa alegría que el mundo no puede darnos (Cf. Jn. 16, 22). Estoy convencido de que la Navidad es propiedad exclusiva de los chicos: ellos son los que mejor esperan el misterio porque tienen el corazón puro, generoso. Pero nosotros, ya crecidos, podemos buscar recuperar ese corazón de los chicos: ¿quién es capaz de creer en el chico que nace pobre en plena noche de una madre Virgen? ¿Cómo podemos creer en ángeles que corean en la noche el nacimiento de alguien, que nace al margen de la sociedad… y en medio de la mugre de un establo?… Creer exige pequeñez, no hay más opción que hacernos chicos; sino no solamente no vamos a entender nada: también -y peor- nos quedamos afuera del misterio que se nos regala.

Con todo, el Evangelio que leímos esconde una dura verdad y es que Jesús nace totalmente marginado: El principio de su vida se conecta con su final: elige nacer entre los más pobres y desprotegidos de su sociedad, indicando que así será la salvación que nos viene a regalar: «Para el salvador del mundo, para aquel en vista del cual todo fue creado (cf. Col. 1, 16), no hay sitio. El que fue crucificado fuera de las puertas de la ciudad (cf. Hb. 13, 12) nació también fuera de sus murallas.» (Benedicto XVI. Jesús de Nazaret, III). Y yo, ya grande, hoy podría preguntarme cómo recibo a Jesús: a veces puedo desalojarlo o cerrarle la puerta, ponerle excusas, como pasó en Belén. Él viene, con María y José a nacer en medio de mi pesebre, que no siempre está muy preparado.

Me nace pedirle a Jesús que nace de María Virgen que nos regale a nosotros un poquitín más de su alegría. Y hoy pedimos por los predilectos de Jesús, los que están marginados, solos, los pobres. Pedimos por ellos.

Marcos Stach, SJ.
Cuaderno Espiritual.

La gratitud de los testigos

«No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». (Lc. 2, 10-12).

Niño Dios d’amor herido,
tan presto os enamoráis,
que apenas habéis nacido,
cuando de amores lloráis.

En esa mortal divisa,
nos mostráis bien el amar,
pues siendo hijo de risa,
lo trocáis por el llorar.

La risa nos ha cabido,
el llorar vos lo aceptáis,
y apenas habéis nacido,
cuando de amores lloráis.
(Francisco Guerrero).

El misterio de la Navidad siempre tiene la fuerza de conmovernos. Es un tiempo de paz. Dios nace como uno de nosotros. Nos hace bien, nos toca la fibra más recóndita y encallecida de nuestro corazón, a veces viciado de sentimientos tóxicos…

Aunque no podemos dejar de esconder el dato capital de este misterio que constituye su mismo drama. Dios viene olvidado, al costado de todo. Nace en un pesebre, el último lugar donde cualquiera de nosotros recibiría una vida que aparece. En medio de la mugre, del mal olor… al costado. ¿Cómo es esto? Dios no tiene lugar.

San Juan lo dice de manera contundente en el Evangelio: “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron.” (Jn. 1, 11). El Señor al nacer nos trae una enseñanza que nos escandaliza: Elige ser pobre, ser el último, el postergado. Como decía el villancico del inicio: “siendo hijo de la risa, lo trocáis por el llorar.” O también podemos citar a San Pablo, en su famoso himno Cristológico (que solemos leer en Semana Santa pero que aquí también se aplica correctamente): “Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres.” (Fil. 2, 6-7).

A San Ignacio todo esto no le es ajeno, y en los Ejercicios Espirituales, al hacernos mirar la pobreza del Señor que nace, busca que la misma nos mueva a ver también nuestras pobrezas con las que también recibimos al Señor. Dice así: “Mirar y considerar lo que hacen [José, María, los pastores, los Ángeles, etc.], así como es el caminar y trabajar, para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí.” (EE. 116).

Y todo esto por mí, puntualiza Ignacio. Quizá se me presente a mí la pregunta de cómo vivo de esa pobreza del Señor. ¿Qué entiendo en mi corazón de esa pobreza? Esto es una buena consigna navideña. Pobrezas tenemos todos, muchas; y por regla general no nos gustan. Pero pobre es el que se sabe necesitado de Dios. ¿Qué pobreza puedo aportar al pesebre? ¿Cómo me gustaría que el Señor venga a mi corazón, que es un pesebre modesto, no tan limpio u ordenado? ¿Qué puedo o qué me gustaría  ofrecer al Niño Jesús, a la Virgen, a San José?

Dice el Papa Benedicto, en un libro que escribió sobre Jesús, una cosa muy interesante: “Para el salvador del mundo, para aquel en vista del cual todo fue creado, no hay sitio. El que fue crucificado fuera de las puertas de la ciudad nació también fuera de sus murallas.” Jesús nace al costado, al margen, no le dan lugar ni para nacer… y tampoco para morir. Y es una coincidencia que raya en una paradoja a lo divino: Dios nace y muere afuera, no tiene lugar, lo corremos, nos molesta. Y nosotros deberíamos preguntarnos con la seriedad del Amor: ¿Cómo hago espacio al Señor en mi vida? ¿Qué cosas ocupan lugar en el corazón y que hacen difícil que el Señor venga a nacer? ¿Qué cosas entorpecen el camino al corazón para que José y María lleguen a golpear mi puerta? ¿Qué me gustaría ofrecerle para que me ayude a ordenar el corazón?

Curiosa e irónicamente el Anuncio del Nacimiento no va a Herodes, ni a los Sacerdotes o fariseos. Va directamente a los pastores, que eran tenidos por estúpidos, es más: No era válido su testimonio en un juicio. Ellos tienen el corazón puro para recibir semejante noticia, que quizá en oídos cultos resuene a ingenuidad y estupidez… Creer en la Navidad es propiedad de los chicos… y en los que tienen el corazón como ellos: ¿Quiénes más que ellos creen en los Ángeles que cantan el Nacimiento del Salvador?… Ellos son pobres porque dependen de los adultos, y su Fe en el Señor es pura. En esta Solemnidad de Navidad quizá deberíamos pedir un poquitín la gracia de recuperar el corazón de los chicos, de creer en el Señor y en su pobreza que simplifica la vida y la hace auténtica, pura y alegre. Y pedir como nos hace pedir San Ignacio en la segunda semana de los Ejercicios al hacernos contemplar el Nacimiento: “Conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre. Para que más le ame y le siga.” (EE. 104). Y muy interno, capaz de transformar la vida con la manera de ser de Jesús, capaz de compadecerse con la pobreza de mis hermanos.

Marcos Stach, SJ.
Especial Sentimientos de Belén.