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Los santos inocentes (F).
1 Jn 1,5-2,2; Sal 123, 2-5.7-8.

Evangelio según San Mateo 2,13-18

Después de la partida de los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del profeta: “Desde Egipto llamé a mi hijo”. Al verse engañado por los magos, Herodes se enfureció y mandó matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, de acuerdo con la fecha que los magos le habían indicado. Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías: “En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen”.

Preguntale a tu cuerpo cómo fue tu año

Las conversaciones de este tiempo tan particular pueden traernos la pregunta: ¿y qué tal tu año? Y sí, siempre que llega el cierre del año tendemos interiormente a hacer balances. En principio, podríamos decir que es natural porque los ciclos, al terminar, nos dicen cosas importantes. Pero también es cierto que, mientras más conscientes nos hagamos de lo que vivimos, más podremos percibir por dónde ha ido nuestro crecimiento y, sobre todo, qué es lo que más tenemos que agradecerle a la vida.

Intuyo que nuestro cuerpo puede ser un símbolo oportuno para hacernos algunas preguntas que ayuden a recoger los frutos de lo vivido.

Te invito a tomarte unos minutos en un lugar silencioso, respirar profundo, sentirte cerca de tu interioridad y repasar tu cuerpo de abajo hacia arriba acompasando estas preguntas…

Mira tus pies: ¿qué caminos nuevos he recorrido? ¿Por dónde anduvieron? ¿Qué les ha tocado transitar este año? ¿A quién siguieron mis pasos? ¿Qué otros pies han caminado con ellos y me gustaría agradecer su compañía?

Toca tus rodillas: ¿Ante qué misterio han hincado? ¿Qué situaciones de este año me han hecho rezar, pedir a Dios, acercarme más a la pequeñez? ¿Cuáles han sido mis duelos? ¿Qué aprendizajes de este año agradezco?

Percibe tu genitalidad: ¿Qué se ha hecho fecundo este año a pesar de todo? ¿Dónde ha percibido más mi vida en mi trabajo? ¿Con qué me he apasionado y me he involucrado de manera nueva?

Siente tu columna vertebral: ¿Qué me ha sostenido en pie este año? ¿Qué cosas me han fortalecido en mi proceso de crecimiento humano? ¿Cuál ha sido mi eje en mis ocupaciones?

Pon tu mano en tu estómago: ¿Qué me ha nutrido este año? ¿Qué he tenido que digerir?

Toca el movimiento de tu corazón: ¿Por quienes ha latido incansablemente? ¿A quienes amó o por quiénes se dejo amar en su trabajo?

Reconoce tus manos: ¿Qué dieron y qué recibieron este año? ¿Cuándo fueron mano tendida o puño cerrado? ¿Cómo trabajaron?

Piensa en tus sentidos: ¿Qué descubrieron mis ojos? ¿Qué palabras oportunas escuche? ¿Qué ha sido más gustoso de este año? ¿Qué ha perfumado mi vida? ¿Cuál ha sido la textura de mi año?

Por último utiliza tu voz para dar gracias a la Vida, a ti, a Dios y a quienes sientas que han sido parte fundamental de este año.

Emmanuel Sicre, SJ.