29JUE

Día Vº dentro de la Octava de Navidad. (Santo Tomás Becket, obispo y mártir).
1Jn 2, 3-11; Sal 95, 1-3. 5-6.

Evangelio según San Lucas 2, 22-35

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”.

Mi canto

Voy a cantar
los versos más alegres
esta noche.
No nacen del poder,
atrapado en un palacio.
Tampoco de la comodidad
que no hizo sitio al peregrino.
No nacen de logros efímeros,
de las victorias con excluidos,
ni de las listas de triunfadores.
Mis versos nacen
de la oscuridad
en que una estrella
encendió la esperanza.
Del silencio
roto por un anuncio
inesperado.
De la ternura frágil
de Dios,
hecho pobre,
hecho niño,
hecho risa y llanto
Mis versos nacen
de la belleza
que ha acampado,
sorprendente,
entre nosotros.
Voy a cantar,
sonriendo a la tormenta,
gritando, a quien quiera oírme,
que ha empezado el amor
a caminar por la tierra.
Y llegará
a los confines
del mundo
y de la historia.

José María Rodriguez Olaizola, SJ.