01MAR

De la feria.
2Sam 18, 9-10. 14. 24-26. 31-32—19, 1; Sal 85, 1-6.

Evangelio según San Marcos 5, 21-43

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: “Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se sane y viva”. Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados. Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: “Con sólo tocar su manto quedaré sanada”. Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba sanada de su mal. Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: “¿Quién tocó mi manto?”. Sus discípulos le dijeron: “¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?”. Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad. Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sanada de tu enfermedad”. Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: “Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?”. Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que creas”. Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: “¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme”. Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: “Talitá kum”, que significa: “¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!”. En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que dieran de comer a la niña.

Levántate, siempre levántate

Todos hemos sido derrotados alguna vez y sabemos lo que significa perder. Seguramente vivimos más de un fracaso y, en más de una oportunidad, nos sentimos vencidos. Todos hemos visto, y tal vez en más de una ocasión, como nuestros proyectos y sueños se desvanecen al darnos cuenta de que no podremos alcanzarlos.

A veces nos toca perder, pero otras veces, debemos ganar. Hemos visto también a muchas personas tropezar y caer más de una vez. Incluso, nosotros mismos, nos hemos encontrado en esa misma situación. No debemos condenar a nadie por sus caídas, ni vivir autocastigándonos por los errores o equivocaciones que hemos cometido.

Si hay algo que sí debemos aprender en la vida, y ojalá podamos transmitírselo a los demás, es que siempre, siempre, siempre, tenemos que volver a ponernos de pie y levantarnos. No importa cuánto tiempo nos lleve, debemos hacerlo. Siempre hemos de tener presente que existe una razón para estar de pie, aunque nos sintamos abatidos.

Bertolt Brecht dijo: «Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles».

(…) Jamás hemos de dejar que nos venza el desaliento, la desesperanza, la tristeza, el dolor o sufrimiento, cuando hemos caídos, fracasados e, incluso, nos sintamos arruinados. Debemos luchar para dejar entrar el poder de Dios en nuestra vida y nos llene de paz, de luz y de amor. Solo sabe disfrutar de los triunfos quien aprendió a perder.

Deja que las palabras de Jesús llenen de vida tu espíritu y ponte de pie. Jamás permitas que una situación de dolor por alguna pérdida, fracaso o desilusión, te adormezca el alma. ¡Levántate!, siempre, ¡Levántate!

Javier Rojas, SJ.