15MAR

De la feria.
Sant 1, 12-18; Sal 93, 12-15. 18-19.

Evangelio según San Marcos 8, 13-21

Jesús volvió a embarcarse hacia la otra orilla del lago. Los discípulos se habían olvidado de llevar pan y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les hacía esta recomendación: “Estén atentos, cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes”. Ellos discutían entre sí, porque no habían traído pan. Jesús se dio cuenta y les dijo: “¿A qué viene esa discusión porque no tienen pan? ¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?”. Ellos le respondieron: “Doce”. “Y cuando repartí siete panes entre cuatro mil personas, ¿cuántas canastas llenas de trozos recogieron?”. Ellos le respondieron: “Siete”. Entonces Jesús les dijo: “¿Todavía no comprenden?”.

El más desde el menos

Magis es una palabra latina muy típica de la espiritualidad ignaciana, que significa “más”. Pero “más” en qué… Pues en todo aquello que tiene que ver con nuestra relación con Dios y con aquellas decisiones personales que en un momento u otro de la vida tengamos que tomar. Encierra, por tanto, no un “más” de cantidad sino de calidad.

Para San Ignacio es el horizonte hacia el que caminar sin dudas: todo ha de hacerse “para la mayor gloria de Dios” (AMDG). Y a ese horizonte se va llegando desde una actitud decidida por el magis y ayudado por la paciente búsqueda que supone el discernir –separar- lo que tiende hacia él o se aleja de él para elegir lo que “más” conduce… Todo lo contrario que el montar la vida sobre dichos o slóganes que se oyen con frecuencia como el de “el ir tirando”, “la ley del mínimo esfuerzo”, “echar la vida a la suerte”, “vivir el día sin ningún proyecto u horizonte”, etc.

Bien se puede decir que el magis es como un auténtico termómetro que detecta la calidad con la que tenemos que hacer las cosas, muy al contrario de la baja calidad en la que a veces se mueve nuestra vida. No es una actitud heroica, que se apoye solo en nuestras propias fuerzas –el falso voluntarismo- sino que se realiza sobre todo siguiendo humildemente el camino de Jesús -el “más” desde el “menos”–“lo más grande desde lo más pequeño”- aprendiendo de Él la docilidad y la indiferencia, para no quedarse atrapado por las circunstancias de la vida sino eligiendo y aceptando aun aquellas que a simple vista no trasparentan para nada la gloria de Dios (la cruz, el dolor, el fracaso, la muerte…).

También para Jesús el final de su camino –la resurrección- será el culmen de una vida entregada por amor, de una vida vivida desde el magis. Él lo hizo todo “a tope” no buscándose nunca a si mismo sino haciendo siempre la voluntad de su Padre… Nada de esto supone una especie de anulación de la propia personalidad, negada para someterse a Dios sino que como dice preciosamente San Ireneo: “La gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”. Es como decir que la gloria de Dios se refleja en el rostro del hombre –en toda su vida- y su rostro iluminado se refleja en el rostro de Dios. ¡Luz por luz! ¿No consistirá en esto la plena felicidad o el dar a la vida su pleno sentido?

Espiritualidad Ignaciana.