18VIE

De la feria.
Sant 2, 14-24. 26; Sal 111, 1-6.

Evangelio según San Marcos 8, 34—9, 1

Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con sus santos ángeles”. Y les decía: “Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de haber visto que el Reino de Dios ha llegado con poder”.

Me habla de amor

Solemos decir con frecuencia: «en la oración me cargo de Dios»… ¡Y la necesito para eso!, porque «en la acción me descargo». ¡Y no es cierto! Ignacianamente no tendría que ser cierto. En la oración me cargo de Dios, pero en la acción me tengo que seguir cargando de Dios. Y, si no nos sucede así, que no suele sucedernos con frecuencia, es porque la acción la vivimos mal; no la vivimos como un entroncamiento en la voluntad y en los planes de Dios.

Hay que ver el mundo creado, la naturaleza y la gracia, la historia de cada persona, de los pueblos y de la Iglesia en su relación con Dios y a la luz de Dios. Esto supone ver la presencia de Dios en todo, ver la acción de Dios en todas las criaturas, especialmente entre los seres humanos, reconocer en las cosas simples su amor regalándose, a Él mismo dándose.

Las horas de la tarde, la gente, los niños, el trabajo, las calles, la mesa del hogar, el viento, el cuerpo, el barrio, la cotidianidad del trabajo, los viejos, el sol de cada mañana. Dios activo en nuestro mundo, sosteniendo en el respeto y la presencia discreta.

Cristóbal Fones, SJ.