20DOM

7° durante el año. Semana 3ª del Salterio.
1 Sam 26, 2.7-9. 12-14. 22-23; Sal 102, 1-4. 8. 10. 12-13; 1Cor 15, 45-49.

Evangelio según San Lucas 6, 27-38

Jesús dijo a sus discípulos: Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames. Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman. Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo. Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos. Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.

«Hacer el bien a los que nos odian».

Esta pieza principal del sermón de la montaña nos habla únicamente del amor, entendido como comunicación, donación, entrega, servicio. Un hacer el bien a los que nos odian, buscar ayudar y no descargar bronca, bendecir a los que nos maldicen, orar por los que nos calumnian.

Este amor trata de hacer la contra a nuestras tendencias negativas y raíces de pecado de venganza, y si no las combatimos crecen, porque la lucha interior es cierta y continua. El antídoto es el amor al enemigo, el servicio a Dios en el bien a todos.

Las palabras sobre el amor a los enemigos concluyen en lo desmesurado de su bondad. Él no tiene medida en perdonar, pero sólo al que a su vez perdona. Así es como el centro de gravedad se desplaza de la severidad a la bondad compasiva y tierna de Dios, del juicio a la bendición, de la amenaza a la promesa, del temor a la esperanza. Pero su misericordia infinita espera nuestro perdón, a fin de recibir el suyo, fiel a sus promesas.

Guillermo Randle, SJ.
Cuaderno Espiritual. 

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Arriesgar las manos

Muchas veces hablar de compromiso suena duro y hasta pesado, sin embargo el compromiso es algo lindo, significa compartir una promesa. Nuestro compromiso, suele decir García Roca, pone en domicilio la utopía en lo cotidiano, no es algo esporádico, sino cotidiano, y eso nos defiende de la indiferencia. Hoy muchas cosas son abstractas, y el compromiso se vincula a lo concreto.

El compromiso voluntario es basico cuando necesitamos liberarnos de la indifirencia. Nuestro compromiso se guía por aquel ideal Ignaciano de no tener miedo al sueño grande y a la vez no descuidar el detalle. No contentarnos con el mero acto de caridad, sino animarnos a más. Es lo que pedía San Alberto Hurtado, decirle al pueblo con obras que nos comprometemos con su dolor, que no implica tanto palabras, sino más las obras.

Nuestro compromiso ante todo, dice el Papa Benedicto XVI, supone la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación: dar de comer a los que tienen hambre, de beber a los sedientes, vestir al desnudo, sanar al enfermo, visitar a los presos…  y nuestro compromiso tiene como recurso más valioso, no solo cuestiones profesionales, porque la excelencia por sí sola no basta. Los seres humanos necesitan una atención “cordial”, es decir atención del corazón.

Y el compromiso supone de la esperanza, que como dice Bernanos, es una misteriosa alegría en el seno de la oscuridad. La esperanza es valiente y sostiene nuestro compromiso.

Vivimos tiempos en donde rápidamente nos desilusionamos y se vuelve más tentador cuidar los pequeños intereses personales, vivir para la vida privada y la propia comunidad; es más conveniente no intervenir en las discusiones. También sabemos que al llegar a la última hora preferiremos mil veces más habernos equivocado por arriesgar a equivorcarnos por no haber arriesgado. Supone llegar con las manos sucias y llenas de nombres, más que con las manos envueltas en un guante por no haberlas ni estrenado. No cuidamos la santidad guardándonos, sino saliendo a las encrucijadas de los caminos, que por supuesto supone el riesgo de herirnos, pero son heridas repletas de dignidad. “Prefiero una iglesia accidentada” dirá el Papa Francisco.

El compromiso crea inseguridad o miedo, pero ciertamente, no podemos no comprometernos, no sólo por cristianos sino por ciudadanos. Es tiempo de hacernos cargo de nuestro compromiso.  Juan Pablo II decía que la grandeza de corazón de un hombre radica en la capacidad que tiene de sostener los compromisos tomados.

Ángel Rossi, SJ.