22MAR

Cátedra de San Pedro, apóstol. (F).
1Ped 5, 1-4; Sal 22, 1-6.

Evangelio según San Mateo 16, 13-19

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?”. Ellos le respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas”. “Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?”. Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús le dijo: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”.

La fe

La fe no es una fuerza mágica con la que logramos obtener cualquier tipo de deseo infantil. Tener fe no es creer que Dios nos dará, a fuerza de rezos, lo que no podemos alcanzar por nuestros propios medios. Tener fe es poner todos los aspectos de nuestra vida en las manos de Dios y tener con Él un vínculo, tan fuerte y firme, como la casa construida sobre la roca. Tener fe significa buscar y seguir su voluntad y no la nuestra. Asumir los avatares de cada día confiando en Él, en lugar de sufrir anticipadamente por lo que, tal vez, podría suceder mañana. Tener fe es entregarnos a su amor y dejarnos conducir por Él, aunque por momentos nos toque transitar por «oscuras quebradas». En pocas palabras, tener fe es confiar “ciegamente” en Dios a pesar de todo.

Javier Rojas, SJ.