05MAR

De la feria.
San Antonio María Zaccaría, presbítero. (ML).
Os 4, 1; 8, 4-7. 11-13; Sal 113B, 3-10.

Evangelio según San Mateo 9, 32-38

Le presentaron a Jesús un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: “Jamás se vio nada igual en Israel”. Pero los fariseos decían: “Él expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios”. Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha”.

No temas llorar

En nuestras ciudades es cada vez es más frecuente el coaching emocional que se centra, ingenuamente quizá, en el control de las emociones. Un coaching motivacional que se mueve a un nivel meramente superficial. A menudo me encuentro con personas que buscan un calmante con efecto narcótico que hace disminuir el dolor. Conozco otras personas que no dan un paso sin que su terapeuta les dé luz verde para actuar de tal o cual manera, como si fueran títeres. Todo para evitar equivocarse, todo para evitar el dolor del errar, todo para evitar las lágrimas que nos causa nuestra fragilidad. Tenemos miedo al dolor y somos adictos al placer. Se nos olvida que nuestra vida humana se mueve inevitablemente entre esos dos polos del placer y el dolor. Nada ni nadie nos puede evitar pasar por valles oscuros y túneles sombríos, pero nunca vamos solos. No importa a dónde, no importa cómo; lo importante es con quién nos movemos ¡Ojalá que fuera siempre con Jesucristo!

En el Evangelio según san Juan se encuentra una de las frases más conmovedoras de toda la Biblia: «Jesús lloró» (Jn 11, 35). Jesús derramó lágrimas. Se trata de una escena de la vida de Jesús de Nazaret que nos muestra su entrañable humanidad y su dolor al encontrase muerto a su amigo Lázaro; tal fue la admiración de los presentes en ese momento que exclamaron: «¡Cómo lo amaba!». Pienso que nada nos hace más bien a los cristianos que detenernos a contemplar la humanidad de Cristo para hacernos a su modo y tener entre nosotros sus mismos sentimientos hasta el punto máximo de la compasión. Ninguno de nuestros sentimientos le es indiferente a nuestros buen Jesús. Ninguna de nuestras lágrimas se pierde en la nada. Ante el corazón de Jesús, ninguna de nuestras peticiones se encuentra sin respuesta, ahogadas en el ensordecedor silencio del vacío, pues con fe confiamos en que «todo el que pide, recibe; todo el que busca, encuentra y al que llama, se le abrirá» (Mt 7, 8).

Jesús lloró y creo que llorar es una gracia porque nos recuerda que estamos vivos y somos capaces de sentir. Con las lágrimas de nuestros ojos se nos lava el alma y queda liberada de todo lo que no puede, ni debe, ni quiere cargar más. Casi siempre, después de llorar, nuestra alma se siente más ligera. Asimismo, con nuestras lágrimas regamos la tierra de nuestra impotencia, de nuestro querer tanto y poder tan poco. Las lágrimas también son los frutos agridulces de nuestra compasión por los demás. Ya lo diría el Papa Francisco a los jóvenes durante alguna de sus alocuciones: «¡Al mundo de hoy le falta llorar! Lloran los marginados, lloran aquellos que son dejados de lado, lloran los despreciados, pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar». Necesitamos reaprender a llorar por los demás y por nosotros mismos. Necesitamos dejar de lado los libros de autoayuda y de superación personal y aprender a sentir nuestra fragilidad en toda su complejidad.

En su poema Las lágrimas el poeta José Tomás de Cuéllar nos invita a pasar de la noche del llanto a la brisa de la mañana donde Dios siempre nos espera:

«De noche caen las lágrimas, de las humanas penas,
y por doquiera á miles humedecen la tierra.
Pero viene la aurora apacible y risueña;
en las praderas corre brisa callada y fresca,
y de la tierra húmeda se levanta la niebla;
corona el arroyuelo, el lago, la eminencia,
y cual flotante gasa sube al éter ligera.
En ella van las lágrimas que mojaron la tierra,
y suben hasta el cielo donde Dios las espera”.

¡Bienaventurados los que lloran!

Genaro Ávila-Valencia, SJ.

Día seis: Peregrina de la Esperanza

Oración Inicial

Virgencita de Itatí, que con ser la Pura y Limpia eres también refugio de pecadores, nosotros tus hijos, atraídos por tu mirada llena de bondad y comprensión venimos a ofrecerte todo nuestro ser: todo lo que somos, todo lo que hacemos, todo lo que amamos, todas nuestras esperanzas y también todos nuestros temores y preocupaciones, todas nuestras necesidades espirituales y materiales y especialmente (se dice la gracia que se pide en esta novena).

Se reza un Avemaría

Te pedimos Madre que hagas por nuestro deseo y así presentes nuestra ofrenda y nuestra necesidad al Dios Todopoderoso, para que seamos por Tu mediación escuchados y socorridos. Pero danos, sobre todo, María, Nuestra Señora de Itatí, una fe fuerte que nos haga descubrir el paso Misericordioso de tu Hijo Jesús en cada acontecimiento de nuestra vida, aún en medio de lo que pueda costarnos aceptar, de reconocer la Santa Voluntad del Señor y de comprender que Él todo lo dispone para nuestro bien. Haznos también, Estrella de Evangelización que, al conocer cada día más el inmenso amor del Señor, creamos en Él y así lo anunciemos con la vida a todos nuestros hermanos. Amén.

Lectura Bíblica del sexto día:

“María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá” (Lucas 1, 39)

Como todo peregrino, María se pone en marcha. Con su visita a Isabel, María comienza ya a participar de la misión de Jesús, transformándose en el modelo de quienes peregrinan, de quienes se ponen en camino para llevar la luz y la alegría de Cristo a los demás.
Peregrinemos en compañía de Nuestra Señora de Itatí llevando la esperanza y sirviendo a los demás, como lo hizo María con su prima Isabel. Caminemos con Nuestra Madre sosegadamente. Hagamos en silencio este camino en su grata compañía, donde María sale al encuentro de su Dios para recibirlo y darlo al mundo.

(Padre Nuestro, Ave María y Gloria)

Oración Final

Tiernísima Madre de Dios y de los hombres que, bajo la advocación de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí, miraste con ojos de misericordia por más de tres siglos a todos los que te han implorado, no deseches ahora las súplicas de tu hijo, que humildemente recurre a ti.
Atiende mis necesidades, que tú, mejor que yo, conoces, y sobre todo Madre mía, concédeme un gran amor a tu divino Hijo Jesús, y un corazón puro, humilde y prudente, paciencia en la vida, fortaleza en la tentaciones y consuelo en la muerte. Amén.