07JUE

De la feria.
Os 11, 1-4. 8-9; Sal 79, 2-3. 15-16.

Evangelio según San Mateo 10, 7-15

Jesús envió a sus doce apóstoles, diciéndoles: “Por el camino, proclamen que el Reino de los cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente. No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento. Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, busquen a alguna persona respetable y permanezcan en su casa hasta el momento de partir. Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella. Si esa casa lo merece, que la paz descienda sobre ella; pero si es indigna, que esa paz vuelva a ustedes. Y si no los reciben ni quieren escuchar sus palabras, al irse de esa casa o de esa ciudad, sacudan hasta el polvo de sus pies. Les aseguro que, en el día del Juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas menos rigurosamente que esa ciudad”.

Dejarse ayudar

¿Quién no conoce a alguien a quien quisiera, con un gran sentimiento de impotencia, poder ayudar más? Y viceversa, ¿cuántos de nosotros nos guardamos nuestros pesares para no preocupar a los demás y aparentamos estar bien?

Pues bien, aunque siempre hay excepciones, no descubro América si digo que la mayoría de nosotros nos preocupamos por los demás, queremos echar un cable cuando se pueda, dar apoyo y rezar unos por otros. Pero ay… ¡qué difícil es muchas veces dejarse ayudar!

Hace tiempo leí en un artículo que si quieres ganarte a alguien, pídele un favor. Y es que ya no solo por uno mismo, dejarse ayudar, de verdad, ayuda al prójimo. O dicho de mejor manera: «Dejarse ayudar supone un nivel espiritual muy superior al del simple ayudar. Porque si ayudar a los demás es bueno, mejor es ser ocasión para que los demás nos ayuden. Sí, lo más difícil de este mundo es aprender a ser necesitado.» (Sendino se muere, Pablo d’Ors)

Lucía Platero.
Pastoral SJ.

Día ocho: Humilde mujer de oración

Oración Inicial

Virgencita de Itatí, que con ser la Pura y Limpia eres también refugio de pecadores, nosotros tus hijos, atraídos por tu mirada llena de bondad y comprensión venimos a ofrecerte todo nuestro ser: todo lo que somos, todo lo que hacemos, todo lo que amamos, todas nuestras esperanzas y también todos nuestros temores y preocupaciones, todas nuestras necesidades espirituales y materiales y especialmente (se dice la gracia que se pide en esta novena).

Se reza un Avemaría

Te pedimos Madre que hagas por nuestro deseo y así presentes nuestra ofrenda y nuestra necesidad al Dios Todopoderoso, para que seamos por Tu mediación escuchados y socorridos. Pero danos, sobre todo, María, Nuestra Señora de Itatí, una fe fuerte que nos haga descubrir el paso Misericordioso de tu Hijo Jesús en cada acontecimiento de nuestra vida, aún en medio de lo que pueda costarnos aceptar, de reconocer la Santa Voluntad del Señor y de comprender que Él todo lo dispone para nuestro bien. Haznos también, Estrella de Evangelización que, al conocer cada día más el inmenso amor del Señor, creamos en Él y así lo anunciemos con la vida a todos nuestros hermanos. Amén.

Lectura Bíblica del octavo día:

“Todos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hechos 1, 14)

María acompaña en oración toda la vida de Jesús, hasta la muerte y la resurrección y conduce los primeros pasos de la Iglesia naciente. María ora con la primera comunidad. Ella, maestra de oración, siempre dócil a la voz del Espíritu, enseña a los discípulos a esperar con confianza el don que viene de lo alto: el Espíritu prometido por Jesús.
María, está ahí, con los discípulos, en medio de los hombres y mujeres que su Hijo ha llamado a formar su Comunidad.
Nuestra Señora de Itatí necesitamos nutrirnos de la oración para abrir caminos de comunión y encuentro entre hermanos y hacer posible una sociedad más humana. Enséñanos a orar en comunidad.

(Padre Nuestro, Ave María y Gloria)

Oración Final

Tiernísima Madre de Dios y de los hombres que, bajo la advocación de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí, miraste con ojos de misericordia por más de tres siglos a todos los que te han implorado, no deseches ahora las súplicas de tu hijo, que humildemente recurre a ti.
Atiende mis necesidades, que tú, mejor que yo, conoces, y sobre todo Madre mía, concédeme un gran amor a tu divino Hijo Jesús, y un corazón puro, humilde y prudente, paciencia en la vida, fortaleza en la tentaciones y consuelo en la muerte. Amén.