22VIE

Santa María Magdalena, apóstol de los apóstoles. (F).
Cant 3, 1-4 (o bien: 2Cor 5, 14-17); Sal 62, 2-6. 8-9.

Evangelio según San Juan 20, 1-2. 11-18

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentado uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?”. María respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Ella, pensando que era el cuidador del huerto, le respondió: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo”. Jesús le dijo: “¡María!”. Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: “¡Raboní!”, es decir, “¡Maestro!”. Jesús le dijo: “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y Padre de ustedes; a mi Dios y Dios de ustedes’”. María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

Discernir

Uno de los elementos más propios de la espiritualidad ignaciana, es sin duda alguna, el discernimiento, tanto en su modalidad personal como comunitaria. Nuestro Santo Padre Ignacio era un hombre de discernimiento, siempre a la búsqueda de la voluntad divina para cumplirla. Cada acontecimiento, circunstancia y momento de la vida de Ignacio era la ocasión propicia para buscar, hallar y cumplir lo que Dios quería. A ello le ayudó, y mucho, el ejercicio del discernimiento.

Obviamente, el discernimiento personal y comunitario, no se improvisa, necesita «modo y orden», una metodología que a lo largo de la historia de la Compañía de Jesús se ha ido depurando y concretando. ¿Cuáles son las condiciones básicas para un discernimiento ignaciano? Enumeraremos algunas: apasionamiento por la misión del Señor Jesús, de la que nosotros somos servidores, el anhelo profundo de que el Reino de Dios se implante en este mundo; Vivir la indiferencia de la que habla el Principio y Fundamento de los Ejercicios [EE 23], el coloquio de las Dos Banderas [EE 147], o la Tercera Manera de Humildad [EE 167], y todo ello para ganar libertad sobre apegos y afectos desordenados interiores o exteriores; capacidad para leer y acoger el lenguaje del Espíritu que se nos comunica por medio de consolaciones y desolaciones, para ello se requiere silencio, capacidad de interiorización y discreción para poder reconocerlo como el Espíritu de Jesús. El Espíritu sopla donde quiere y como quiere, pero siempre construye, sostiene y vivifica. Nunca arrasa ni genera aridez o sequedad.

El discernimiento comunitario requiere de un discernimiento personal previo, pero también de un reconocimiento y aprecio sincero por todas las personas que participan en dicho proceso. Es necesario también una buena capacidad de escucha, de acogida a lo que el otro comparte. Y todo ello hay que realizarlo en un ambiente de comunicación espiritual, donde se exponen las desolaciones y las consolaciones previamente reconocidas y formuladas por todos aquellos que participan en el discernimiento. Otro requisito básico que pide es la humildad y la apertura que se expresa en la adquisición de una mayor libertad interior para cambiar de opinión o de parecer tras el compartir espiritual. Y, por último, la responsabilidad y el compromiso de participar decididamente en todo el camino de discernimiento, asumiendo y ejecutando la decisión o la conclusión a la que se llegue, siempre y cuando se haya obtenido suficiente lucidez y consenso.

Aprender a discernir, personal y comunitariamente, se aprende discerniendo. La insistencia del Padre Sosa en recuperar esta práctica tan ignaciana, pero a la vez tan necesaria para ser fieles a la misión de Cristo es una excelente oportunidad para incorporarla a nuestro vida espiritual y comunitaria cotidiana.

Ignatius 500
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