25LUN

Santiago, apóstol. (F).
2Cor 4, 7-15; Sal 125, 1-6.

Evangelio según San Mateo 20, 20-28

La madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo. “¿Qué quieres?”, le preguntó Jesús. Ella le dijo: “Manda que mis dos hijos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. “No saben lo que piden”, respondió Jesús. “¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?”. “Podemos”, le respondieron. “Está bien”, les dijo Jesús, “ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre”. Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”.

Diversidad ignaciana

¿Qué es lo que hace que haya tal diversidad y heterogeneidad entre los jesuitas? ¿Porqué no salimos todos iguales -cortados del mismo molde- como si fuésemos galletas marías? Todo se explica por nuestro fundador, Ignacio de Loyola, y por sus Ejercicios Espirituales.

Ignacio de Loyola tuvo un proceso de conversión que inició durante su convalecencia al reponerse de la derrota en la batalla de Pamplona. Fueron meses de paciencia para que sanaran las heridas y, también, para imaginar qué es lo que haría de su vida. Ignacio fue un hombre que aprendió a meterse a sus adentros y, desde ahí, percibir que Dios habla en el silencio a través de mociones. Las mociones son movimientos internos que se dan a través de intuiciones, corazonadas, impulsos, pensamientos y sentimientos. Alcanzar a percibir y distinguir las mociones del buen espíritu y del mal espíritu no fue fácil. Gracias a varios años de práctica y fruto de muchas crisis, Ignacio pule lo que ha sido su gran aporte y herramienta: el discernimiento espiritual.

Ignacio desarrolló un método, los Ejercicios Espirituales, para disponer los fueros internos al encuentro con Dios. Al hacerlos, en soledad y silencio, uno aprende a reconocer los desordenes internos, esos ruidos que impiden captar la frecuencia divina. También, hay que aprender a ordenarse, para que así seamos más dueños de nosotros mismos. Habiendo captado nuestro pecado, viene el momento de exponernos a la presencia de Dios y experimentar su misericordia. Dios nos ama y nos perdona. El deseo de transformar la propia vida viene como un deseo de corresponder a tanto amor que nos desborda y que, con humildad, reconocemos que no merecemos. Sin embargo, es Él quien nos llama y nos anima a levantarnos. Luego, viene una serie de meditaciones en donde el ejercitante imagina la vida de Jesús. Se trata que estas oraciones sean tan vivas como si nos transportáramos en una máquina del tiempo a la Galilea del año cero. Para Ignacio, el seguir a Jesús brota del irlo conociendo y del irnos encariñando de su persona y de su proyecto. La causa de Jesús nos irá enamorando. Así, quien hace Ejercicios, comenzará un proceso de purificación, de libertad y de desear seguir a Jesús, en las buenas y en las malas, y dar lo mejor de sí por el Reino. Esta es la clave del liderazgo ignaciano.

La espiritualidad ignaciana desarrolla una visión crítica de lo que sucede, pero no es una visión apocalíptica, ni de miedo, ni de odio, al mundo. Esta actitud de diálogo, respeto y de entender al otro lo vemos desde los inicios, en aquellos misioneros, y en la actualidad. La mística de Ignacio lo llevó a contemplar al Creador en su creación. Hay una visión positiva y optimista de la vida. Hay un reto que envuelve todo nuestro ser, una invitación a ser buena noticia y bendición ahí donde nos encontremos y con quienes estemos.

Ismael Bárcenas Orozco, SJ.