28JUE

De la feria.
Jer 18, 1-6; Sal 145, 1-6.

Evangelio según San Mateo 13, 47-53

Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los Cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?”. “Sí”, le respondieron. Entonces agregó: “Todo escriba convertido en discípulo del reino de los cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”.

Los ojos del peregrino

Los ojos del santo de Loyola miraron, observaron y percibieron muchas cosas durante su vida. Como él mismo cuenta en su autobiografía, hasta los 26 años «fue un hombre dado a las vanidades de este mundo».

Soldado enérgico y hombre de su tiempo, solía vivir preocupado por su apariencia exterior: peinado, ropajes y estampa.

El deseo de reconocimiento y su carácter un tanto altivo y presuntuoso fueron las características más sobresalientes de la primera etapa de su vida. Batallas, fiestas suntuosas, fabulosos paisajes y bellas mujeres deben haber sido los destinos de sus ojos durante sus primeros años de vida.

Sin embrago su búsqueda de Dios a partir de los hechos de Pamplona, la conversión que le fue regalada por gracia divina y su profundo amor a Jesús cambiaron totalmente su forma de mirar el mundo. También cambió la dirección de su mirada; fueron los pobres, los enfermos y sus ansias de ayudar «a la salvación de las almas» los nuevos rumbos de su corazón y de sus ojos…

A Ignacio le fue regalado lo que se conoce como “el don de lágrimas”. No se trata de lágrimas vertidas por tristeza, dolor o descontento. Tampoco son lágrimas de felicidad. El “don de lágrimas” tiene más que ver con la profunda unión de su alma con la Divinidad. Es un verdadero encuentro de enamorados…

Cuentan sus amigos, los que lo conocieron y convivieron con él, que solía llorar casi todos los días. En ocasiones, incluso, cuatro o cinco veces diarias. Pero sobre todo, era en la misa cuando más profusamente lloraba. Era tanta la exaltación de su alma en presencia del Señor que no podía contener sus sollozos. También solía verter abundantes lágrimas cuando recordaba las veces que la Trinidad, Jesús o Nuestra Señora se habían aparecido ante Él.

Si a nosotros, muchas veces, nos conmueve profundamente, hasta llorar, una honda experiencia de Dios o un encuentro trascendente con Él…cuánto más a este hombre que solía pedir a diario se le concediera este don.

Ignacio fue un hombre totalmente abierto y entregado a la voluntad de Dios. De ese Dios que él tanto sentía lo había perdonado y amado. Las lágrimas de amor, de éxtasis y de misticismo acompañaron al santo de Loyola hasta su muerte.

Alejandra Vallina.