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Santa Marta. (MO).
Jer 26, 1-9; Sal 68, 5. 8-10. 14. Mt 13, 54-58.
(O bien lecturas de Santa Marta: 1Jn 4, 7-16; Sal 33, 2-11).

Evangelio según San Juan 11, 19-27 (o bien: Lc 10, 38-42)

Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salío a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?”. Ella le respondió: “Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”.

Despertar al mundo interior. Dolor

Una cosa es estar vivos, y otra muy distinta es vivir. Con lo primero nos referimos a un estado biológico, con lo segundo al despertar de la conciencia.

Elegir vivir tiene sus exigencias, tiene limitaciones y requiere de un grado de aceptación de la realidad que, a veces, no resulta sencillo. Sobre todo, cuando nos toca atravesar momentos dolorosos, complicados o difíciles que nos hacen sufrir.

San Ignacio vivió un despertar espiritual luego de la batalla en Pamplona cuando una bala de cañón cruzó entre sus piernas, rompiendo una y dañando severamente la otra.

Este despertar fue para aquel caballero deseoso de ganar honra una ocasión para dejar atrás el sueño infantil de que puede conquistar el mundo para sí, y, en segundo lugar, aceptar que en la vida los grandes cambios interiores a veces se dan a través de pérdidas, crisis y dolor. No es que el dolor sea necesario para vivir, pero debemos aceptar que es una realidad que forma parte de los cambios y de nuestra particular condición de estar vivos.

El dolor no es malo necesariamente; lo malo es sufrir. Y sufrimos muchísimo cuando no estamos dispuestos a aceptar la realidad que nos toca. Solamente reconociendo lo que vivimos es cómo podemos buscar nuevos caminos para salir de las dificultades y no quedar atrapados en la pena y en el lamento.

En su lecho en el castillo de Loyola, Ignacio, mientras hacía reposo para recuperar su salud, se entretenía leyendo las hazañas de Amadís de Gaula. Pero cuando ya no hubo en aquella casa otro libro de los que era aficionado le dieron para leer uno sobre vida de Cristo y de los santos.

A raíz de esas lecturas y de la bala de cañón que le obligó a estar en cama, la conciencia de Iñigo de Loyola comenzó a abrirse y a descubrir un nuevo mundo: el mundo interior que le habitaba.

Todos estamos llamados a despertar nuestra conciencia para aceptar quienes somos y creer en el poder transformador de Dios que hace nuevas todas las cosas.  Aunque nos cuesta a veces reconocerlo, el dolor o la enfermedad, nos hacen ver la realidad de una manera completamente nueva, a los demás y a nosotros mismos. Así es como comenzamos a vivir más conscientes y plenos la vida que hemos recibido.

Javier Rojas, SJ.