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(San Ignacio de Loyola, presbítero).
Semana 2ª del Salterio. Domingo 18° durante el año. Ecli 1, 2; 2,21 -23; Sal 89, 3-6. 12-14. 17; Col 3, 1-5. 9-11; Lc 12, 13-21.
O bien lecturas propias del leccionario Jesuita: Deut 30,15-20; Sal 1,1-2.3.4-6; 1 Tim 1,12-17.

Evangelio según San Lucas 9, 18-26

Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado». «Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro, tomando la palabra, respondió: «Tú eres el Mesías de Dios». Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie. «El hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día». Después dijo a todos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida? Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras, el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria y en la gloria del Padre y de los santos ángeles.

Con luz propia. Valentía

Todo lo que nos ocurre es una oportunidad para vivir, siempre y cuando estemos dispuestos a comprender lo que nos sucede. El crecimiento y la maduración humana tiene un paradójico proceso: para que lo nuevo nazca, lo anterior debe morir. Éste es el proceso que vivió Iñigo de Loyola que lo llevo a convertirse en San Ignacio de Loyola.

Para que una nueva oportunidad surja, debemos pasar antes por la pérdida.  Este es el misterio tan conocido de la muerte y resurrección. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24). Aquella derrota en Pamplona no fue sino para el joven hidalgo el momento de caer en tierra y morir a sus vanos deseos de ganar honra para dar lugar a que lo auténtico y verdadero pudiera ver la luz.

Una experiencia, cualquiera sea, bien vivida es un potencial de vida increíble. No solamente nos hace más fuertes y más sabios, sino que además ayuda a quitarnos de encima lo que no nos pertenece. Tenemos muchos más mandatos externos, ideas fijas y creencias falaces, que convicciones propias.

Juan Velázques, Tesorero del Reino de Castilla, tomó al joven Iñigo como paje en el servicio de la corte con el fin de hacer de él un buen caballero, pero Dios lo tomó luego de caer en tierra para convertirlo en un hombre con grandes deseos de servir a un Rey Eterno. Los caminos de Dios son muy distintos a la de los hombres.

La mayoría de las personas tiene la vida guionada desde fuera y viven como marionetas. Cada uno de nosotros debe vivir con luz propia y darse cuenta de que, en toda situación de crisis o dificultad, siempre surge vida nueva si tenemos la valentía y el coraje de no echarnos atrás.

Comprender lo que nos sucede es lo que nos permite tomar decisiones que transforman nuestra manera de vivir. Esa nueva luz, que nace en nosotros después de cada etapa vivida a fondo y consciente, es la que no se debe esconder.

Javier Rojas, SJ.