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El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. (S). (San Romualdo, abad).
Semana 12ª durante el año. Semana 4ª del Salterio.
Gn 14, 18-20; Sal 109, 1-4; 1Cor 11, 23-26.

Evangelio según San Lucas 9, 11b-17

Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser sanados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: “Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto”. Él les respondió: “Denles de comer ustedes mismos”. Pero ellos dijeron: “No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente”. Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: “Háganlos sentar en grupos de alrededor de cincuenta personas”. Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.

«Debería asombrarnos que cada día el Padre dé al mundo alimento para toda la humanidad».

Comentando la multiplicación de los panes san Agustín nos llama la atención sobre un hecho. Puede asombrarnos que Jesús haya saciado el hambre de la multitud con cinco panes y dos pescados, pero más debería asombrarnos que cada día el Padre dé al mundo alimento para toda la humanidad, buenos y malos, justos y pecadores.

En la fiesta del Corpus resuena particularmente el sentido eucarístico de este pasaje. Cuando el domingo de Pascua María Magdalena afirma llena de dolor: se llevaron el cuerpo del Señor y no sabemos dónde lo han puesto, nos avisa una cosa, el cuerpo de Cristo no está encerrado, anda por la calle, anda por las casas, en tantas bocas y en tanta carne.

No hay duda de que reverenciamos el Santísimo sobre el altar y el tabernáculo, pero ¿seríamos capaces de reverenciarlo y adorarlo en toda carne con tantos nombres y apellidos?

José Luis Narvaja, SJ.
Cuaderno Espiritual.

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Alma de Cristo

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos.
Amén.

San Ignacio de Loyola