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3° de Cuaresma. Semana 3ª del Salterio.
Éx 3, 1-8ª. 10. 13-15; Sal 102, 1-4. 6-8. 11; 1 Cor 10, 1-6. 10-12.

Evangelio según San Lucas 13,1-9

En cierta ocasión se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”. Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?’. Pero él respondió: ‘Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás’”.

«Avergonzarse ante Dios y esta vergüenza es una gracia:
es la gracia de ser pecadores».

No es fácil entender este comportamiento de la misericordia, porque estamos acostumbrados a juzgar: no somos personas que dan espontáneamente un poco de espacio a la comprensión y también a la misericordia. Para ser misericordiosos son necesarias dos actitudes. La primera es el conocimiento de sí mismos: saber que hemos hecho muchas cosas malas: ¡somos pecadores! Y frente al arrepentimiento, la justicia de Dios… se transforma en misericordia y perdón. Pero es necesario avergonzarse de los pecados. Es verdad, ninguno de nosotros ha matado a nadie, pero hay muchas cosas pequeñas, muchos pecados cotidianos, de todos los días… Y cuando uno piensa: «¡Pero qué corazón tan pequeño: ¡He hecho esto contra el Señor!» ¡Y se avergüenza! Avergonzarse ante Dios y esta vergüenza es una gracia: es la gracia de ser pecadores. «Soy pecador y me avergüenzo ante Ti y te pido perdón». Es sencillo, pero es tan difícil decir: «He pecado».

Papa Francisco.
Homilía. Marzo 2014.
Cuaderno Espiritual. 

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Camino hacia la alegría

La costumbre es ver la Cuaresma como ese tiempo un poco lúgubre donde tenemos que encerrarnos a ‘depurar’ nuestra humanidad y nuestro ser cristiano. El único fin es vivir con intensidad la Pasión del Señor, y acercarnos con devoción, a la Semana Santa. Pero no es del todo cierto. La Cuaresma es camino, pero su final no es la Cruz, sino la alegría de la Pascua. Esto nos obliga a cambiar un poco la mirada de estos días que transcurrimos entre oraciones, ayunos y limosnas. Es desierto, para poder vivir la plenitud de la Presencia de un Dios que sale en cada rincón a llenarlo todo con su alegría. Es subida, porque toda meta requiere algo de sufrimiento, de costoso, de esfuerzo. Es Jerusalén, porque a la muerte le sigue la Vida, y no se trata de un punto y aparte, sino de un punto y seguimos. ¿A quién? A Jesús que da la vida por nosotros y que, con eterno amor, se entrega para salvarnos a cada uno en su propia situación y desde su propia realidad.

San Ignacio nos recuerda, en los Ejercicios Espirituales, la utilidad de las penitencias internas, que bien podríamos recuperarlas en este tiempo de Cuaresma. La finalidad, dice el santo, de este tipo de penitencias es dolerse por dentro. No se trata de vivir una Cuaresma solo retocando con cierto ‘maquillaje cristiano’ el exterior de nuestra vida. Tenemos que dejar que nos vaya calando la Gracia de Dios. Nuestro corazón ha de empaparse de esta gracia, de ese afecto a Jesús y a su Reino, que nos alcanzará en la alegría de la Pascua. Por esto, la Cuaresma tiene todo su sentido. Necesitamos tiempos, silencios, espacios para dejarnos impregnar por dentro, para dolernos y afectarnos por las cosas de Dios, con el único deseo de traspasar el dolor y el sufrimiento de la Pasión para vivir en plenitud la Pascua.

La Cuaresma es un tiempo precioso para afinar nuestro interior: ser más sensibles a la realidad que nos rodea, buscar en ella las huellas de Dios que –como baldosas amarillas– nos conducen al encuentro, y dejarnos alcanzar por la gracia de un Dios que quiere para nosotros la felicidad y la alegría. Aunque cueste, aunque haya que recorrer caminos de subida y asumir muchas cruces. La Cuaresma merece la pena.

David Cabrera, SJ.