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De la feria.
Os 6, 1-6; Sal 50, 3-4. 18-21.

Evangelio según San Lucas 18, 9-14.

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo esta parábola: Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado.

Cuaresma camino

Jesús quiere renovarnos no de cualquier forma, sino desde lo más profundo de nuestras entrañas. No son parches lo que quiere regalarnos, Él apunta al alma, cambiando el corazón desde la oración, el ayuno y el camino penitencial.

(…) Dios es el único capaz de cambiar el corazón humano, las prácticas cuaresmales es como nuestro soltarle la mano a Dios para que obre en nosotros como el alfarero en la vasija de barro.

La oración es el alma de la Cuaresma. Jesús pide que al rezar lo hagamos de corazón, no desde la fuerza de la costumbre “El hombre que sepa que reza un deber a la hora fijada no reza de corazón” decía un adagio judío. Todo momento es para la oración y para estar en comunión con el Señor.

Es en el alma de lo de todos los días donde se  nos pide que estemos en comunión. Ir a lo secreto del corazón; a los sentimientos más profundos. Velen, va a decir Jesús, y permanezcan en oración continua porque la carne es débil. Que nuestra oración sea sostenida.

La renovación cuaresmal es desde el corazón, la interioridad ahí donde Dios ve y podemos permanecer en comunión. 

Javier Soteras.