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De la feria.
Is 49, 8-15; Sal 144, 8-9. 13-14. 17-18.

Evangelio según San Juan 5, 17-30.

Jesús dijo a los judíos: “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. Pero para los judíos ésta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre. Entonces Jesús tomó la palabra diciendo: “Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace. Y le mostrará obras más grandes aún, para que ustedes queden maravillados. Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida al que él quiere. Porque el Padre no juzga a nadie. Él ha puesto todo juicio en manos de su Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió. Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en Aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la Vida. Les aseguro que la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán. Así como el Padre tiene la vida en sí mismo, del mismo modo ha concedido a su Hijo tener la vida en sí mismo, y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre. No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas; los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio. Nada puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de Aquél que me envió”.

¿De dónde me quiere levantar Dios esta cuaresma?

Estamos en Cuaresma, y en este tiempo hablamos de un camino cuaresmal, y si es un camino, es porque se sale desde algún lado y se va hacia algún lugar también. Y este es un poco el sentido el éxodo que va de Egipto a la Tierra prometida, a Canaán, Egipto como símbolo de la esclavitud del pecado y la Tierra prometida como símbolo de la liberación.

Toda vida cuando nos dejamos llevar de la mano del Señor tendría que ir del Egipto de la esclavitud a la Tierra prometida, este es el desafío, pero en el medio está el desierto y cruzar el desierto no es mágico, al pueblo de Israel le significó cuarenta años.

Es dejar los ajos y las cebollas y aspirar a los alimentos de la Tierra prometida.

A veces en nuestra vida cuando hemos dejado el alimento de esclavitud, sea cual sea, a veces también en el camino que es tedioso, a veces uno se tienta de volver la vista atrás, se tienta de volver a los ajos y las cebollas, y en cambio el desafío es ir para adelante con paciencia.

El éxodo es un camino interior, en el que no basta huir de algo, hay que dirigirse hacia alguien, hacia Jesús que nos dice: «Yo soy el camino».

Este camino cuaresmal para nosotros también es animarnos a dejar el país lejano, que uno sabrá un poco qué forma tiene el país lejano personal de cada uno de nosotros. Cuando me alejo del cariño, de la ternura y de la misericordia del Padre, a qué chiquero suelo ir a parar.

La peregrinación es salir del chiquero del país lejano hacia la casa del Padre: «Me levantaré e iré», como dijo el Hijo pródigo.

En el fondo convertirse que es todo una peregrinación interior, es caer en la cuenta que no estamos en nuestro sitio, que no estamos en casa, es caer en la cuenta que nuestra lógica no es la lógica del Señor, es caer en la cuenta que nuestros sentimientos desentonan con los sentimientos del Señor, es caer en la cuenta que nuestros pasos no están sincronizados con los pasos del Señor.

Entonces  conversión es cambiar de ruta, cambiar la cabeza, el corazón, cambiar la mirada.

Hacernos cargo de este camino, preguntarnos: ¿Cuál es me levantaré e iré? ¿De dónde me quiere levantar Dios en esta Cuaresma? ¿De dónde me quiere sacar y traer de vuelta a la casa paterna, a la Tierra prometida?

Ángel Rossi, SJ.