01DOM

3° de Pascua. Semana 3ª del Salterio.
Hech 5, 27-32. 40b-41; Sal 29, 2.4-6.11-12ª.13b; Ap 5, 11-14.

O bien: San José, obrero: (LS) Gn 1, 26—2, 3 (o bien: Col 3, 14-15. 17. 23-24); Sal 89, 2-4. 12-14. 16. Mt 13, 54-58.

Evangelio según San Juan 21, 1-19

Jesús resucitado se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “Vamos también nosotros”. Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿tienen algo para comer?”. Ellos respondieron: “No”. Él les dijo: “Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: “¡Es el Señor!”. Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar”. Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: “Vengan a comer”. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres?”, porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos. Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. Él le respondió: “Sí, Señor, Tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”. Le volvió a decir por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Él le respondió: “Sí, Señor, sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”. Le preguntó por tercera vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”. Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: “Señor, Tú lo sabes todo; sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras”. De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: “Sígueme”.

En el momento de la desolación vuelven a la consolación primigenia, para volver a comenzar.

La comunidad ha pasado por la Pasión y la Cruz. Estaban escandalizados o mejor aún, perdidos. Jesús no estaba con ellos. Así las cosas, vuelven a Galilea y a hacer los que saben hacer, es decir, vuelven al “lugar” donde todo inició. En el momento de la desolación vuelven a la consolación primigenia, para volver a comenzar. Este nuevo comienzo sin “el líder” los coloca a unos delante de los demás y a la propuesta de Pedro, todos los otros se suman.

El sentido de la perseverancia se encuentra en la segunda parte del pasaje. Por la mañana aparece el Señor. El verbo este sugiere que ya estaba allí, incluso desde la noche, pero no se podía ver; se comienza a entrever al amanecer. Jesús se manifiesta en tres maneras diferentes, aunque complementarias. En primer lugar, premia la constancia de aquellos que perseveraron juntos, en el grupo, permaneciendo vinculados a su lugar a pesar de las dificultades: esta constancia es recompensada con la presencia misma de Jesús. En segundo lugar, recompensa la constancia de aquellos que siguen con confianza sus instrucciones con abundante pesca, que contrasta con la larga y laboriosa búsqueda de la noche. Finalmente, Jesús se manifiesta a su pueblo, con su habitual benignidad y amistad, como el que siempre viene a encontrarse con caballerosidad y amabilidad, pidiendo y ofreciendo algo, para asegurar que haya una verdadera fusión de corazones.

Damián Astigueta, SJ.
Cuaderno Espiritual. 

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Oración a San José obrero por los trabajadores
(y los que lo buscan)

Querido San José,
esposo, padre y trabajador,
acudo a vos en este día.

Te pido por quienes no encuentran trabajo,
por los que no tienen salud para trabajar,
y por quienes tienen la posibilidad de dar espacios de trabajo.

Se consuelo y fortaleza para ellos,
intercesor ante sus necesidades y las de su familia.

Te ofrecemos el trabajo, formal o no, de cada día,
y la vida de nuestras familias.
Que en el esfuerzo y la disciplina del trabajo cotidiano
encontremos un medio para acercarnos más a tu hijo Jesús.

Bendecí San José nuestras manos,
nuestros cansancios, nuestros intentos
y nuestras alegrías.

También la vida de nuestros compañeros,
que ponemos ante tus pies.
Que podamos ser testimonio de amor y alegría entre ellos.

Amén.

2° día: Amor

«El amor nos hace descubrir aquello por lo que estaríamos dispuestos a dejarlo todo, a despojarnos de todo”. Cada ser humano es un tesoro único e irrepetible, con un destino trascendente y con un don particular que debe desarrollar. Toda la felicidad que una persona puede soñar y desear, depende de que pueda desplegar esa capacidad enorme de amor que lleva en su interior; ese amor que es reflejo del amor eterno. El amor, nos capacita para desprendernos de nosotros mismos y entregarnos a otro por completo. Es la fuerza que nos empuja a salir del propio «querer y sentir» para amar a otro.
Dentro de cada uno de nosotros existe una fuente de amor divino que no se agota, del que podemos vivir, sin miedo a que se acabe, y del que nacen todos nuestros actos de amor hacia los demás y hacia nosotros mismos. La felicidad que buscamos depende de crecer en el amor y de amar de manera apasionada.» Javier Rojas, SJ. (@jrojassj)
Oración: Madre del amor, ayúdanos a salir de nosotros mismos, a dar el paso, a ponernos en camino para estar allí donde alguien necesite de nosotros! Que sepamos tender una mano, y no tengamos miedo a tocar el dolor de nuestros hermanos. Abre nuestro corazón, para no ser indiferentes ante quienes necesitan de nuestra compasión y solidaridad.

Padrenuestro, Ave María y Gloria.

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Inmaculada Virgen María, Madre de los milagros y del consuelo. Venimos a tus pies, confiado en tu amor infinito, a que nos ayudes a «ver nuevas todas las cosas» como enseñaste a tu Hijo Jesús. Te damos gracias por los favores que concedes a cuantos recurren a tu intercesión; por el consuelo que das a tantas familias que piden tu protección, por los tantos enfermos que se han sentido cuidados y sanados por tu ternura, al solo contacto con los algodones tocados con tu sudor milagroso.
Te pedimos, que nos ayudes a (se pide la gracia que se quiera alcanzar) y a abandonarnos en Dios como vos lo hiciste a sus designios. Madre de los Milagros, vos que siempre tuviste puesta tu fe en el plan de Dios, ayúdanos a confiar en sus caminos.

Historia del Milagro

Era el 9 de mayo de 1636 y la pequeña Santa Fe iniciaba un nuevo día de arduas tareas.

En el templo de la Compañía de Jesús, edificado sobre uno de los costados de la plaza mayor, el Padre Rector del Colegio y de la Iglesia, Pedro de Helgueta, SJ, oraba arrodillado frente al cuadro de Nuestra Señora, como todas las mañanas. Habiendo finalizado la Misa, alrededor de las ocho horas, el Padre levantó la vista hacia el cuadro y se sorprendió por lo que creyó era humedad del ambiente condensada en la pintura. Pero pronto comprendió que el brillo tenía un origen distinto.

Incorporándose descubrió que de la mitad de la Imagen para arriba la pintura estaba totalmente seca, mientras que hacia abajo corrían hilos de agua resultantes de innumerables gotas emanadas en forma de sudor. Siguió recorriendo con la vista hacia abajo y comprobó que el caudal ya estaba mojando los manteles del altar y el piso.
Al ver el asombro del sacerdote, varias personas que aún permanecían en la iglesia se acercaron y pudieron conocer lo que estaba ocurriendo. Comenzaron a embeber aquel agua en algodones y lienzos, mientras el número de fieles y curiosos crecía junto al júbilo y las exclamaciones. Las campanas de la Iglesia no pararon de repicar, para anunciar a todo el pueblo lo que estaba sucediendo. A pocos minutos llegaron el Vicario y Juez Eclesiástico de Santa Fe (Cura Hernando Arias de Mansilla), el Teniente de Gobernador y Justicia Mayor (Don Alonso Fernández Montiel), el General Don Juan de Garay (hijo del fundador) y el Escribano del Rey, Don Juan López de Mendoza.

Subido en un banco el propio Vicario tocó con sus dedos la tela del cuadro, procurando contener los hilos de agua que descendían, pero por el contrario, continuaba manando copiosamente cambiando de dirección al contacto con la mano. Esto duró algo más de una hora, como lo atestigua el acta que se conserva hasta hoy en el Santuario. También se conserva una reliquia de los algodones tocados en el sudor y que besan agradecidos todos los fieles cada 9 de mes.