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San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia. (MO).
Hech 6, 8-15; Sal 118, 23-24. 26-27. 29-30.

Evangelio según San Juan 6, 22-29

Después que Jesús alimentó a unos cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos. Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban en el lugar donde el Señor había multiplicado los panes, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo llegaste?”. Jesús les respondió: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello”. Ellos le preguntaron: “¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?”. Jesús les respondió: “La obra de Dios es que ustedes crean en Aquél que él ha enviado”.

Contagiarnos de la alegría de la Resurrección

San Ignacio, al contemplar la Resurrección, nos pone de frente a este Señor que viene con el oficio de consolar. Acá Ignacio abre todas las ventanas a la alegría y nos invita a disfrutar, a pedir la gracia de la alegría que brota de Cristo resucitado. Todos los relatos de la resurrección nos muestran al Señor que viene con el oficio de consolar, que marca también en nosotros la vocación. Todo cristiano según su carisma, según el lugar donde Dios nos ha puesto, tenemos el oficio de consolar a quienes el Señor puso a nuestro lado. Ignacio nos invita pedir la gracia de la alegría y gozo que trae la resurrección.

El gozo es el amor de un bien presente, así como la tristeza es el amor de un bien que está ausente. El desafío nuestro es la dicha, la alegría y de hecho estamos llamados a ser felices. Cuando a San Agustín le preguntaban cuál era la clave de la sabiduría, él decía que sabio es el que encuentra la clave para ser feliz. Y cuando le preguntaban qué significaba ser feliz, agustín decía: “Ser feliz es amar y saberse amado”. Ésta es la primera gran vocación, la de las bienaventuranzas.

La felicidad y la alegría, es lo que Ignacio nos presenta como experiencia y como exigencia de la resurrección del Señor. Les doy dos citas para que ustedes, si quieren, recen en torno a esta gracia: son textos de las despedidas de Jesús que rezamos días anteriores en clave de pasión, pero Jesús en un ámbito de mucho dolor habla de la alegría. Jesús dice: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea colmada” (Jn 15, 11). O también “ustedes están ahora tristes pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se las podrá quitar. Ese día no me van a preguntar nada. Pidan y recibirán para que su alegría sea colmada” (Jn 16, 22-24). Está hablando en un contexto de dolor porque se viene la cruz y sin embargo el Señor obstinadamente repite el tema de la alegría. Y el otro texto clásico es de San Pablo y dice: “Estén siempre alegres en el Señor” (Filip 4,4-7). Nos conoce, sabe y se da cuenta que hay resistencia en nosotros y dice: “Se los repito, estén alegres. Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres”.

Es curioso que a veces haya una resistencia en nosotros a la alegría. A veces tenemos la sensación de que uno es más fiel sufriendo que gozando, lo que es una gran mentira, algo que quizás los curas y catequistas hemos enseñado mal. Así da la impresión que sufriendo uno es más fiel al Señor que gozando, lo cual es grave como afirmación, porque el gozo, la alegría, es lo más propio del cristiano. Entonces cuando son tiempos lindos disfrútelo, soy fiel disfrutándolo. Cuando vienen los tiempos de dolor, aguante.

Éste es el desafío, el saber que el gozo es tan importante y más que el dolor. Para un cristiano el gozo, la alegría y la resurrección debería ser el estado habitual. Por otro lado no somos ingenuos, sabemos que hay momentos de mucha tristeza, hay dolores grandes, pérdidas muy dolorosas, pero entonces con mucha sabiduría, los monjes decían que en los tiempos de mucho dolor la alegría toma la forma de la paciencia. Es decir la alegría se queda como esperando y no la arranca del corazón. A la tristeza la podemos ofrecer momentáneamente mientras sufrimos pero no puede ser un estado de vida si es que queremos ser cristianos, aún cuando nos lleve mucho sacrificio el salir de la tristeza. Esto es lo que el Señor resucitado nos trae como primera gran gracia de la resurrección y diría yo que es la gracia más importante que tenemos. Alegría que a veces cuesta definirla, y es más fácil experimentarla y uno lo descubre en las personas que son alegres y es como si te hicieran la vida más fácil.

A veces uno tiene lo suficiente para ser feliz y estar contento y sin embargo se siente incómodo. A veces cuando estamos bien empezamos a sentirnos incómodos, y sospechamos que hay algo que anda mal o que estamos haciendo mal y no nos estamos dando cuenta. O algunos dicen andamos bien y agregan una frase terrorífica qué se vendrá. O a veces peor todavía se la colgamos a Dios y decimos andamos bien, qué me estará preparando el Dios. Como si el Señor estuviera metido en una especie de laboratorio y al vernos bien piensa inmediatamente algo para mandaros. Es una imagen muy triste de Dios y nada tiene que ver con la realidad. A veces en lo espiritual pasa esto, tenemos lo suficiente para estar contentos -no la plenitud porque la plenitud sólo se va a dar en el cielo- y no termina de creerle y le tiene desconfianza. Y salimos a buscar alguna contradicción por ahí, y por supuesto que rápido encontramos alguna y nos sentimos más seguros cuando estamos sufriendo. Esto es una especie de límite o enfermedad espiritual que sería muy bueno que nos animemos a vencerlo.

La gracia que Ignacio pide en este momento nos lleva a las contemplaciones de la resurrección y en ellas, el primer gran mensaje de la resurrección es: “alégrense, ánimo”, o dicho negativamente: “por qué dudan, no tengan miedo”. El gran mensaje del Señor en la resurrección es la alegría. El gran mensaje de Jesús, el imperativo cada vez que se encuentra con los discípulos es sacarlos de la tristeza, es la alegría. Por otro lado el gozo para nosotros es esencial porque es testimonial, no es un privilegio ya que el gozo para el cristiano es necesidad, es obligación y es parte esencial del anuncio.

Cuando leemos los textos de la resurrección notamos cuánto le costó al Señor consolarlos, sacarlos de su tristeza, animarlos al anuncio gozoso de la resurrección. Se dice que Cristo fue tan paciente en su vía crucis como después de su resurrección cuando durante cincuenta días los buscó personalmente a cada uno de ellos para consolarlos. El Cardenal Martini dice que Jesús tuvo una pedagogía particular de acuerdo con la circunstancia y el modo de ser de cada uno. Por ejemplo, a Magdalena, la afectiva, nombrándola con ternura; a Juan, el intuitivo, por medio de la piedra corrida y la sobreabundancia de la pesca; a Pedro en su lentitud le dejó los lienzos y el sudario doblado, lo hizo participar de la pesca milagrosa y le envió a Juan para que le dijera en la pesca “Pedro, es el Señor” y Jesús le preparó aquél delicado desayuno y después lo llamó aparte para conversar. Tenía que hacer que aquél hombre todavía herido por la triple negación de su traición se curase con un triple sí, “Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”, va a decir Pedro. Y a los discípulos encerrados, muertos de miedo se les manifiesta vulnerando sus puertas cerradas y pacificándolos. Con los discípulos de Emaús va a tener que caminarse unos cuántos kilómetros para ir calentándoles el corazón y finalmente lo puedan reconocer al partir el pan. Con Tomás, el escéptico, tiene que redoblar los gestos, y cuando aquél vuelve a la comunidad, lo llama y le concede su capricho: “Toca, mete la mano en mi costado”.

El gozo para nosotros se constituye en una exigencia personal. El gozo es para ser dado. Yo tengo necesidad de la alegría de una persona que se ha jugado su vida por el Señor, me interesa, tengo que descubrirla y necesito conocerla, mirarla a la cara, aprenderla. No la escondas por favor, no la enmascares. Cometerías un robo, nos privarías de algo a lo que tenemos derecho. Muéstrame a Dios con tu alegría, no me interesa saber lo que es Dios en sí mismo, cualquier libro me puede dar esas nociones. Me urge descubrir lo que sucede cuando Dios llena completamente una vida. Pido a tu alegría, los signos de la presencia de Dios en tu existencia.  Y por eso Ignacio en este momento pide gracia para alegrarme y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor.

Ángel Rossi, SJ.

Día 3: Perdón

«El perdón es el acto de libertad por excelencia. Perdonar no es negar, borrar u olvidar el daño o la herida que sufrimos, sino dejar de estar atados a quién lo produjo. Al perdonar nos liberamos del agresor y de su ofensa, para vivir en libertad interior. El perdón nos aleja de aquello que nos producía dolor para reanudar nuestra vida hacia otro horizonte. Pedir perdón es un gesto de grandeza y humildad, que nos ayuda a reconocer el error cometido y el daño infringido.
Pedir perdón a los demás significa aceptar nuestra fragilidad y la imperfección de nuestros actos. Recibir el perdón es un gesto de amor, un acto de valentía y de generosidad hacia nosotros. Cuando alguien nos regala su perdón muestra comprensión, compasión y misericordia hacia nuestras miserias. El perdón nos limpia la mirada interior para ver nuevas todas las cosas como Jesús nos enseñó.» Javier Rojas, SJ. (@jrojassj). 

Oración: Madre, danos la fuerza para ofrecer el perdón a quienes hemos ofendido y para recibir el perdón de quienes hemos herido. Que sepamos descubrir en ese gesto que tu Hijo nos enseñó, la manera de vivir que el Padre quiere para nosotros. Abre nuestro corazón al perdón y nuestra mente a la luz, para apreciar todo con ojos nuevos.

Padrenuestro, Ave María y Gloria

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Inmaculada Virgen María, Madre de los milagros y del consuelo. Venimos a tus pies, confiado en tu amor infinito, a que nos ayudes a «ver nuevas todas las cosas» como enseñaste a tu Hijo Jesús. Te damos gracias por los favores que concedes a cuantos recurren a tu intercesión; por el consuelo que das a tantas familias que piden tu protección, por los tantos enfermos que se han sentido cuidados y sanados por tu ternura, al solo contacto con los algodones tocados con tu sudor milagroso.
Te pedimos, que nos ayudes a (se pide la gracia que se quiera alcanzar) y a abandonarnos en Dios como vos lo hiciste a sus designios. Madre de los Milagros, vos que siempre tuviste puesta tu fe en el plan de Dios, ayúdanos a confiar en sus caminos.

Historia del Milagro

Era el 9 de mayo de 1636 y la pequeña Santa Fe iniciaba un nuevo día de arduas tareas.

En el templo de la Compañía de Jesús, edificado sobre uno de los costados de la plaza mayor, el Padre Rector del Colegio y de la Iglesia, Pedro de Helgueta, SJ, oraba arrodillado frente al cuadro de Nuestra Señora, como todas las mañanas. Habiendo finalizado la Misa, alrededor de las ocho horas, el Padre levantó la vista hacia el cuadro y se sorprendió por lo que creyó era humedad del ambiente condensada en la pintura. Pero pronto comprendió que el brillo tenía un origen distinto.

Incorporándose descubrió que de la mitad de la Imagen para arriba la pintura estaba totalmente seca, mientras que hacia abajo corrían hilos de agua resultantes de innumerables gotas emanadas en forma de sudor. Siguió recorriendo con la vista hacia abajo y comprobó que el caudal ya estaba mojando los manteles del altar y el piso.
Al ver el asombro del sacerdote, varias personas que aún permanecían en la iglesia se acercaron y pudieron conocer lo que estaba ocurriendo. Comenzaron a embeber aquel agua en algodones y lienzos, mientras el número de fieles y curiosos crecía junto al júbilo y las exclamaciones. Las campanas de la Iglesia no pararon de repicar, para anunciar a todo el pueblo lo que estaba sucediendo. A pocos minutos llegaron el Vicario y Juez Eclesiástico de Santa Fe (Cura Hernando Arias de Mansilla), el Teniente de Gobernador y Justicia Mayor (Don Alonso Fernández Montiel), el General Don Juan de Garay (hijo del fundador) y el Escribano del Rey, Don Juan López de Mendoza.

Subido en un banco el propio Vicario tocó con sus dedos la tela del cuadro, procurando contener los hilos de agua que descendían, pero por el contrario, continuaba manando copiosamente cambiando de dirección al contacto con la mano. Esto duró algo más de una hora, como lo atestigua el acta que se conserva hasta hoy en el Santuario. También se conserva una reliquia de los algodones tocados en el sudor y que besan agradecidos todos los fieles cada 9 de mes.