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San Juan Bautista de La Salle, presbítero. (MO).
Hech 9, 31-42; Sal 115, 12-17.

Evangelio según San Juan 6, 60-69

Después de escuchar la enseñanza de Jesús, muchos de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”. Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen”. En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: “¿También ustedes quieren irse?”. Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”.

Relacionarnos con Dios

La oración es la manera como nos relacionamos con Dios. El modo que tenemos de orar dice mucho de quiénes somos y de la imagen que tenemos de Dios. Para algunos la oración es un formulario que se rellena para pedir algo y para otros es una manera de estar, de permanecer, de ser ante Dios. Oración, no es lo que hacemos cuando rezamos sino lo que nos sucede cuando estamos en su presencia. No necesitamos convertir la oración en un formulario de pedidos a Dios como si se tratara de un empleado municipal a quién recurrimos pidiendo mejoras o atenciones. Dios es nuestro Padre, Jesús nos enseñó a llamarlo así. Al rezar nos ponemos en sus manos y ponemos en su corazón lo que llevamos en el nuestro. Cuando oramos nos disponemos a que su voluntad se realice en nuestra vida y en todo lo que vivimos. No rezamos para que Él nos cumpla lo que le pedimos, sino para que se cumpla su voluntad en lo que le pedimos.

Fuente: https://www.nsdelosmilagros.com.ar/iniciar/hagase-tu-voluntad/

Día 8: Gratitud

«La gratitud es un estado de vida, una actitud, que nace de lo más hondo de nosotros cuando el amor ha comenzado a crecer. Ser agradecidos, es comprender que nadie nos debe nada, que los demás no son nuestros deudores y que nadie, ni siquiera aquellos que por algún motivo nos quitaron o no nos dieron lo que necesitábamos, están obligados con nosotros. Para ser gratuitos debemos entender que nadie, nadie nos debe nada. La gratuidad nos pone en una situación de pobreza espiritual y libertad interior para dar y recibir.

Decir «gracias» es reconocer que todo lo que sucede y vivimos es para nuestro crecimiento, para hacer aflorar y desarrollar nuestra capacidad de amar. El amor, como dice la Carta a los Corintios (1Cor 13, 4-7), es paciente y bondadoso. El amor no es envidioso, ni jactancioso, ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente y no guarda rencor. No se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.» Javier Rojas, SJ (@jrojassj).

Oración: Madre, abre nuestros ojos para contemplar los regalos de Dios, nuestros sentidos para percibir su presencia a nuestro lado, y nuestro corazón para ser agradecidos con los demás. Que sepamos afinar nuestros oídos para escuchar su voz en todo lo creado.

Padrenuestro, Ave María y Gloria

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Inmaculada Virgen María, Madre de los milagros y del consuelo. Venimos a tus pies, confiado en tu amor infinito, a que nos ayudes a «ver nuevas todas las cosas» como enseñaste a tu Hijo Jesús. Te damos gracias por los favores que concedes a cuantos recurren a tu intercesión; por el consuelo que das a tantas familias que piden tu protección, por los tantos enfermos que se han sentido cuidados y sanados por tu ternura, al solo contacto con los algodones tocados con tu sudor milagroso.
Te pedimos, que nos ayudes a (se pide la gracia que se quiera alcanzar) y a abandonarnos en Dios como vos lo hiciste a sus designios. Madre de los Milagros, vos que siempre tuviste puesta tu fe en el plan de Dios, ayúdanos a confiar en sus caminos.

Historia del Milagro

Era el 9 de mayo de 1636 y la pequeña Santa Fe iniciaba un nuevo día de arduas tareas.

En el templo de la Compañía de Jesús, edificado sobre uno de los costados de la plaza mayor, el Padre Rector del Colegio y de la Iglesia, Pedro de Helgueta, SJ, oraba arrodillado frente al cuadro de Nuestra Señora, como todas las mañanas. Habiendo finalizado la Misa, alrededor de las ocho horas, el Padre levantó la vista hacia el cuadro y se sorprendió por lo que creyó era humedad del ambiente condensada en la pintura. Pero pronto comprendió que el brillo tenía un origen distinto.

Incorporándose descubrió que de la mitad de la Imagen para arriba la pintura estaba totalmente seca, mientras que hacia abajo corrían hilos de agua resultantes de innumerables gotas emanadas en forma de sudor. Siguió recorriendo con la vista hacia abajo y comprobó que el caudal ya estaba mojando los manteles del altar y el piso.
Al ver el asombro del sacerdote, varias personas que aún permanecían en la iglesia se acercaron y pudieron conocer lo que estaba ocurriendo. Comenzaron a embeber aquel agua en algodones y lienzos, mientras el número de fieles y curiosos crecía junto al júbilo y las exclamaciones. Las campanas de la Iglesia no pararon de repicar, para anunciar a todo el pueblo lo que estaba sucediendo. A pocos minutos llegaron el Vicario y Juez Eclesiástico de Santa Fe (Cura Hernando Arias de Mansilla), el Teniente de Gobernador y Justicia Mayor (Don Alonso Fernández Montiel), el General Don Juan de Garay (hijo del fundador) y el Escribano del Rey, Don Juan López de Mendoza.

Subido en un banco el propio Vicario tocó con sus dedos la tela del cuadro, procurando contener los hilos de agua que descendían, pero por el contrario, continuaba manando copiosamente cambiando de dirección al contacto con la mano. Esto duró algo más de una hora, como lo atestigua el acta que se conserva hasta hoy en el Santuario. También se conserva una reliquia de los algodones tocados en el sudor y que besan agradecidos todos los fieles cada 9 de mes.