15DOM

5° de Pascua. (San Isidro labrador). Semana 1ª del Salterio.
Hech 14, 21b-27; Sal 144, 8-13ª; Ap 21, 1-5a.

Evangelio según San Juan 13, 31-33a. 34 -35

Durante la última cena, después que Judas salió, Jesús dijo: “Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”.

«Este mandamiento del amor surge de un amor incondicional y que cambia la lógica de amar».

Este mandamiento del amor, es la esencia del discipulado. Surge de un amor incondicional y que cambia la lógica de una manera de amar conocido por nosotros, que muchas veces se torna en “tóxico” o posesivo: Jesús podría haber dicho “así como yo los he amado, así han de amarme”, sin embargo, la invitación de Jesús es otra, cambia de direccionalidad: “ámense los unos a los otros”.

La propuesta del amor que explica y enseña Jesús, recordemos, incluye no solo a los que dicen ser sus discípulos, sino también a los enemigos, a los que persiguen, a los que no “están con nosotros”, invita a perdonar setenta veces siete a los que nos hicieron mal, a pagar con amor el daño que nos causan. De hecho, vemos en este evangelio que la “gloria de Jesús y Dios glorificado en él” comienza a manifestarse a partir de una traición.

La pedagogía del amor del Maestro se manifiesta en que primero da el ejemplo con su vida – “así como yo”– para luego dejar el mandamiento. A quienes pretendemos o deseamos ser sus discípulos nos queda la tarea de vivir aprendiendo su modo. Para ello es necesario estar con Él para conocerlo más, amarlo más y, así, seguirlo más: amando a todos como él nos ama.

Este modo de amarse entre sí será lo distintivo, la “bandera” de quienes siguen a Jesús. La manera de amarse los discípulos, hablará a los demás del Maestro.

Cristian Marín, SJ.
Cuaderno Espiritual. 

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Pequeñas Resurrecciones

La vida anticipa la eternidad. Hay muchas pequeñas muertes cotidianas. Una decepción. Un amor que no ha logrado sobrevivir. El orgullo que se cae de su pedestal. Un fracaso. Un suspenso que parece irreparable. La ruptura de una amistad, la crisis radical de fe… Pero no desesperemos, que la muerte no tiene la última palabra. Hay también, aunque no siempre nos demos cuenta, pequeñas resurrecciones. Hay instantes de lucidez en que vuelve la alegría profunda, más libre después de la tormenta. El amor vuelve a encender las cenizas que parecían solo despojos de uno mismo. Los vínculos vuelven a estrecharse en la vida, devolviéndonos el encuentro y los motivos. La chispa de Dios nunca se apaga en nosotros.

Cada vez que cedemos a lo conveniente, sacrificando lo justo. Cada vez que el amor se apaga. Cada vez que un adiós es para siempre. Cada vez que decimos palabras hirientes que no tienen vuelta atrás. Cada vez que, buscando a Dios, encontramos un silencio despoblado. Cada vez que sepultamos la verdad tras la fachada de lo útil. Cada vez que es el odio o el despecho lo que guía nuestras acciones. Cada crítica innecesaria, que solo aporta dureza al mundo. Cada vez que pasamos de largo, sin mirar a la cara del hermano herido, acaso por llegar temprano al templo. Todas esas veces, tú vendrás a buscarnos.

Pese a todo, no hay que desesperar. Porque hemos sido creados para la vida. Con minúscula y con mayúscula. Todas esas pequeñas muertes están abocadas a la Vida. Si dejas que lo mejor que hay en ti emerja, pujante. Si dejas que la tristeza se diluya en un mar lleno de historias, como si fuera un terrón de sal. Si te niegas a sucumbir a la congoja, por muy complicadas que sean las circunstancias, y eliges luchar, desde tu humanidad, tu fe, y sabiendo que no estás nunca solo. Si conviertes al tiempo en tu aliado, sin dejar que el presente te encierre en su prisión. Si, en la noche oscura, alzas al cielo una plegaria silenciosa y confiada. Si, humilde, sabes pedir ayuda. Entonces la vida vence.

Pastoral SJ.