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De la feria. San Bernardino de Siena, presbítero. (ML). Beata María Crescencia Pérez, virgen. (ML).
Hech 15, 22-31; Sal 56, 8-12.

Evangelio según San Juan 15, 12-17

A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús dijo a sus discípulos: Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.

Una herida

Si pudiéramos preguntarle a las heridas y a los dolores que llevamos en el corazón, «¿Qué me enseñaste?», «¿Qué aprendí a tu lado?», descubriríamos que son, y seguirán siendo, una fuente inagotable de sabiduría. Accederíamos a un nivel de conciencia y un grado de conocimiento personal que jamás imaginamos. Los dolores y las heridas de nuestra vida tienen mucho que enseñarnos. Lo que aprendemos nos ayuda a ser personas agradecidas y, sobre todo, libres interiormente. Para que nuestra historia de heridas y dolores se convierta en fuente de sabiduría, necesitamos aprender a mirarla y comprenderla desde la vida y la pasión de Jesús. Nuestras heridas y dolores, y las de Jesús, en su cruz, o las de San Ignacio con la bala de cañón cobran sentido. Dios convierte nuestro dolor en gozo y nuestro llanto en alegría.

Javier Rojas, SJ.
-20 de mayo 1521 San Ignacio es herido con una bala de cañón-