01MAR

Todos los Santos. (S).
Apoc 7, 2-4. 9-14; Sal 23, 1-6; 1Jn 3, 1-3.

Evangelio según San Mateo 4, 25—5, 12

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.

¿Qué es un santo?

Un santo es aquel neurótico que se sintió salvado,
aquella prostituta que se dejó amar en serio,
aquel herido que se dejó curar,
aquella angustiada que se dejó alegrar la vida,
aquel mentiroso que fue encontrado por la Verdad,
aquella sedienta que bebió del agua Viva,
aquel pobre que se dejó enriquecer,
aquella rica que se dejó empobrecer,
aquel pretensioso que se dejó llenar el alma de Dios,
aquella avara que abandonó su última moneda,
aquel infeliz que se dejó de quejar,
aquella guerrillera que la paz le besó los bordes de su alma,
aquel torpe que se dejó cincelar por la sabiduría de otros,
aquella miedosa que se dejó ayudar por los cirineos de la historia,
aquel político fiel a sus convicciones aunque se haya embarrado,
aquella que no se escandalizó de la comunidad LGTBIQ y bogó por vidas dignificadas,
aquel que cuidó al enfermo y pagó su cuenta al regresar de su trabajo,
aquella que amamantó en la dificultad porque su alimento era la fe y el amor,
aquel que trabajó día y noche como su Padre,
aquella que se hizo próxima al dolor del sufriente para lavar sus lágrimas,
aquel que sin saberlo alababa a Dios con sonrisas esparcidas por el mundo,
aquella abandonada que se sintió rescatada,
aquel que perdió el esquema de perfección para pasarse al del amor,
aquella que siendo jueza de todos perdió por la ternura del juicio del Amor,
aquel criticón amargado dueño del mundo que antes de morir pidió perdón,
aquella monja que dejó de maltratar a sus hermanas,
aquel cura que abandonó el infierno de la Ley por el cielo de la fraternidad,
aquella niña que despertaba cada mañana besando a sus padres,
aquel descarriado que se subió al carro del sentido que regaló una mirada honesta,
aquella abuela que después de darlo todo siguió sonriendo y jugando,
aquel perdonado que se animó a perdonar,
aquella infiel que se dejó restaurar por el Fiel,
aquel hijo de p… que lloró sin parar cuando vio su error,
aquella que educó con el ejemplo del único Maestro de su vida,
aquel joven que se pregunta si el ciento por uno es para él,
aquella incrédula que creyó porque se fiaron de ella por primera vez,
aquel que confió más en Dios actuando en la historia que en su idea de Dios,
aquella que asumió su cruz como entrega y no como castigo,
aquel que dejó de pensar la santidad como esfuerzo de su voluntad para dejarle paso a la fuerza arrolladora de la gracia que el Espíritu derrama sin cesar en nuestra vida.

Emmanuel Sicre, SJ.