06DOM

32° durante el año.
Mac 6, 1; 7, 1-2. 9-14; Sal 16, 1.5-6. 8b. 15; Tes 2, 16-3,5.

Evangelio según San Lucas 20, 27-38

Se acercaron a Jesús algunos saduceos que niegan la resurrección y le dijeron: “Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda y luego, el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos ¿de quién será esposa ya que los siete la tuvieron por mujer?”. Jesús les respondió: “En este mundo, los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casan. Ya no pueden morir porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, ‘el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él”.

Lo más bello de la resurrección no es con quien nos veremos y conoceremos, sino en quién viviremos; en Dios.

Son muchos los creyentes que no terminan de «creer» en la resurrección. Lo confiesan en el credo, pero no saben cómo situarse ante ella. Piensan aplicando un razonamiento que no logra ni siquiera acercarse a ese maravilloso misterio.

Intentan pensar al igual que los saduceos que preguntan «¿de quién será esposa ya que los siete la tuvieron por mujer?» Se imaginamos que la resurrección es «otro mundo» parecido al que conocemos, pero infinitamente mejor.

Lo más bello de la resurrección no es con quien nos veremos y conoceremos, sino en quién viviremos; en Dios. El Maestro nunca habló de la resurrección como una continuidad de esta vida, sino como la plenitud de nuestra vida junto Él, «donde Yo esté, allí estén ustedes también» (Jn 14, 3).

Dios no es un Dios de muerto, sino un Dios de vivos, porque es la fuente inagotable de amor y de vida. Podemos imaginar muchas cosas sobre qué es la resurrección mientras peregrinamos en este mundo, pero lo cierto es que la promesa que nos hizo Jesús es que estaremos con Él, eternamente.

San Juan dice en su evangelio: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá». ¿Qué pensamientos y sentimientos quedan en tu corazón al escuchar esta promesa de Jesús?

Javier Rojas, SJ.
Cuaderno Espiritual. Editorial Corintios 13.

Si no he de ser santo

Si, si no he de ser santo, ya no quiero vivir.
Es lo que más anhelo, mi gran tesoro,
que en mi alma deseo con pasión.
Si, si no he de ser santo, quiero morir.
Perla ansiada, inmensidad,
quien te encuentra ya no quiere amar
más que a ti.

Quiero vivir su vida,
quiero pensar cual piensa Él.
Quiero amar lo que Dios ama:
que Él sea quien reine
y yo el que mengüe.
Quiero que sea Él quien viva en mí.
Quiero que seas Tú quien ame en mí.

Si, si no he de ser santo, quiero morir.
Qué me importa la vida si es de mentira.
Escondido tesoro amo yo.
Si, si no he de ser santo, ya no quiero vivir.
Es diamante para pulir,
filigrana para labrar con amor.

El mismo Dios viviendo en mí,
es Jesucristo unido a mí.
Es discreción, es la paciencia,
vivir con celo, sentir su fuego.
Ser caridad y perdón, manso y después,
hablar de corazón a CORAZÓN.

Si, si no he de ser santo, quiero morir,
Qué me importa la vida, si es de mentira.
Escondido tesoro amo yo.
Si, si no he de ser santo ya no quiero vivir.
Es lo que más anhelo, mi gran tesoro,
que en mi alma deseo con pasión.

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