13DOM

(Beato Artémides Zatti, religioso). Semana 1ª del Salterio. 33° durante el año.
Mal 3, 19-20; Sal 97, 5-9; 2Tes 3, 6-12.

Evangelio según San Lucas 21, 5-19

Como algunos, hablando del templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto y cuál será la señal de que va a suceder?”. Jesús respondió: “Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi nombre diciendo: ‘Soy yo’, y también: ‘El tiempo está cerca’. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”. Después les dijo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas”.

«Necesitamos construir y buscar en nuestra interioridad nuestras seguridades».

Cuántas veces hemos oído decir «se me vino el mundo al piso», «se me cayó la estantería» o «sentí ganas de que me tragara la tierra». Estas y otras expresiones parecidas las pronunciamos o las escuchamos cuando las seguridades externas que se tenían se derrumbaron. Esos momentos que pueden ser «pasajeros» o durar un tiempo más prolongado, con lo cual estaríamos ya en presencia de una crisis, nos despojan de los puntos de apoyos externos y nos obligan a volvernos hacia nuestra interioridad.

En todo crecimiento y maduración humana y espiritual comenzamos buscando seguridades fuera de nosotros mismos; pueden ser personas, estructuras, ritos o todo lo que de alguna manera nos sirva como punto de apoyo para sentirnos fuertes. Pero, lo cierto es que necesitamos construir y buscar en nuestra interioridad nuestras seguridades.

La fe y la confianza quedan debilitadas cuando están puestas en estructuras o esquemas externos.  Cuando Jesús escuchó que algunos hablaban de las «hermosas piedras y ofrendas votivas» del Templo, Jesús les dijo: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido». ¿Dónde está puesta nuestra fe? ¿Sobre qué reposa nuestra confianza?

Este texto de hoy nos invita a reflexionar sobre el principio y fundamento firme sobre el que edificamos nuestra religión. La fe, la certeza de un Dios infinitamente misericordioso y compasivo, debe ayudar a que las prácticas religiosas no nos lleven a poner nuestra confianza en los ritos, sino en el Señor Jesús.

Javier Rojas, SJ.
Cuaderno Espiritual. Editorial Corintios 13.

No te olvides de mi

Señor, ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes. Y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.

Si me das fortuna, no me quites la felicidad. Si me das fuerza, no me quites la razón. Si me das éxito, no me quites la humildad. Si me das humildad, no me quites la dignidad. Ayúdame siempre a ver el otro lado de la medalla. No me dejes inculpar de tradición a los demás por no pensar como yo.

Enséñame a querer a la gente como a mi mismo y a juzgarme como a los demás.
No me dejes caer en el orgullo si triunfo, ni en la desesperación si fracaso. Mas bien recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo. Enséñame que perdonar es lo mas grande del fuerte. Y que la venganza es la señal primitiva del débil. Si me quitas la fortuna, déjame esperanza.

Si me quitas el éxito, déjame la fuerza para triunfar del fracaso. Si yo fallara a la gente, dame valor para disculparme. Si la gente fallara conmigo, dame valor para perdonar. Señor, si yo me olvido de Ti, no te olvides de mi.

San Alberto Hurtado.