15MAR

De la feria.
San Alberto Magno, obispo y doctor de la Iglesia. (ML).
Apoc 3, 1-6. 14-22; Sal 14, 2-5.

Evangelio según San Lucas 19, 1-10

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era el jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicómoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: “Se ha ido a alojar en casa de un pecador”. Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: “Señor, yo doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más”. Y Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.

Regateo interno

En momentos de duda, de confusión, de “noche oscura”, cuando quiero hacer “lo que yo he planeado” y no tengo claridad de lo que Dios quiere que haga, tengo que detenerme y confrontar mis planes con los suyos.

Veo cómo hizo Jesús en Getsemaní: pidió ayuda a sus discípulos más cercanos, a Pedro, Santiago y Juan, pidió al Padre Dios que de ser posible alejara el cáliz que debía beber y le dijo: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Así dialogamos con Jesús, en una especie de regateo interno que nos divide y nos agota, porque no queremos ceder a lo que es su voluntad.

Cuando tomamos la decisión de hacerlo, con “determinada determinación”, se experimenta un gozo como de ángeles, que consuela y da la fortaleza, fortaleza de lo divino en lo humano, necesaria para llevar adelante lo que Dios quiere.

Y podemos ver desde Dios que las murallas que no nos dejaban actuan como él quería, se derrumban entre cantos de alabanza… y vemos cómo desaparecen los odios, los caprichos y los egoísmos. Sólo queda el infinito amor que me impulsa a hacer el bien y sólo el bien.

E.C. Dominguez.