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Santa Isabel de Hungría. (MO).
Apoc 11, 4-12; Sal 143, 1-2. 9-10.

Evangelio según San Lucas 20, 27-40

Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: “Maestro, Moisés nos ha ordenado: ‘Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda’. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?”. Jesús les respondió: “En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que son juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección no se casan. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor ‘el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él”. Tomando la palabra, algunos escribas le dijeron: “Maestro, has hablado bien”. Y ya no se atrevían a preguntarle nada.

Una vida intensa

No es más fuerte quien no llora,
o quien no tiembla,
o quien no vacila.
No es más fuerte quien más grita
o quien menos duda.
No es más fuerte quien golpea con más contundencia.

Es fuerte quien está dispuesto a arriesgarse,
aunque en el camino el corazón
se le atraviese una y mil veces.
Quien se atreve a hablar en tiempos de silencio.
A ser tenido por idiota
por aventurarse a amar sin medida.
Porque quien así vive y actúa no tendrá mucho descanso,
pero sí una vida intensa, y apasionante,
y apurará la humanidad en sí mismo y en los otros.

Pastoral SJ.