20DOM

Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo. (S).
2Sam 5, 1-3; Sal 121, 1-2. 4-5; Col 1, 12-20.

Evangelio según San Lucas 23, 35-43

Después de que Jesús fue crucificado, el pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes burlándose decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”. También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. Sobre su cabeza había una inscripción: “Éste es el rey de los judíos”. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Él le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

«El misterio de la cruz revela lo que hay en el corazón; unos dejan al descubierto la confianza en el amor de Jesús».

Cuando imaginamos ese momento cumbre de la crucifixión de Jesús donde escuchamos prometiendo al buen ladrón la entrada al paraíso, y oímos al otro ajusticiado que exige un signo de poder, o a los soldados burlarse de él, no podemos más que hacer silencio y contemplar con estupor esa escena.

Jesús, despojado de todo, intercede por quién reconoce su error o pecado y pide estar con él. Cada uno de nosotros ocupamos esos dos lugares o espacios, porque a veces somos como ese buen ladrón que clama misericordia por sus pecados, pero a veces estamos en el lugar del otro malhechor y de los soldados, que exigen un signo para creer en él.

Todos oscilamos entre esas dos posturas. A veces, confiamos en su misericordia, pero otras veces, totalmente cerrados, exigimos una manifestación extraordinaria para creer en él. Nos cuesta ver en el “fracaso de la cruz” el triunfo del amor de Dios.

El misterio de la cruz revela lo que hay en el corazón; unos dejan al descubierto la confianza en el amor de Jesús, otros, la búsqueda de los signos que lo llevarían a creer. ¿Qué clase de personas somos nosotros? ¿Los que se confían en su misericordia o los que esperan el signo para creer?

Javier Rojas, SJ.
Cuaderno Espiritual. Editorial Corintios 13.