24JUE

Santos Andrés Dung-Lac, presbítero y compañeros, mártires. (MO).
Apoc 18, 1-2. 21-23; 19, 1-3. 9; Sal 99, 1-5.

Evangelio según San Lucas 21, 20-28

Jesús hablaba a sus discípulos acerca de su venida: “Cuando vean a Jerusalén sitiada por los ejércitos, sepan que su ruina está próxima. Los que estén en Judea que se refugien en las montañas; los que estén dentro de la ciudad que se alejen; y los que estén en los campos, que no vuelvan a ella. Porque serán días de escarmiento, en que todo lo que está escrito deberá cumplirse. ¡Ay de las que estén embarazadas o tengan niños de pecho en aquellos días! Será grande la desgracia de este país y la ira de Dios pesará sobre este pueblo. Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que el tiempo de los paganos llegue a su cumplimiento. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación.

Más allá

A veces tenemos la sensación que ya está todo vivido, que pocas cosas podrían conmovernos en lo profundo. Son momentos de especial desaliento: no tienen por qué tener su causa en una tragedia, pero siembran la desesperanza poco a poco, dejándonos fríos ante la maravilla que nos rodea diariamente.
En estos casos, conviene agarrarse a la intuición ignaciana del «Deus semper maior»: lo de Dios siempre va más allá de lo que podamos imaginar, pensar, calcular. Nos desborda, sale por donde no esperábamos, nos sobrecoge cuando menos lo buscamos. Y si esto es cierto, no lo es menos que también tenemos que poner de nuestra parte, y buscar un momento en el día en el que poder parar, y volverme a desacostumbrar a los milagros cotidianos. Sigo respirando, pensando, amando. Sigue amaneciendo, y anocheciendo. Siento, y padezco. Río y lloro. Dios lo crea todo para mí… y me sigo sorprendiendo.

Espiritualidad ignaciana