27DOM

1° de Adviento.
Is 2, 1-5; Sal 121, 1-2.4-9; Rom 13, 11-14ª.

Evangelio según San Mateo 24, 37-44

Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada. Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada”.

«Vivamos con amor para que todas aquellas personas que se crucen en nuestra vida, se alimenten de la luz divina reflejada en nosotros».

¿Qué significa para nosotros, hoy, velar? Pasó mucho tiempo desde que Jesús pronunció esas palabras, pero su consejo y llamado a la atención siguen resonando. ¿Qué sentido puede tener para nosotros hoy?  Lo primero a lo que debemos prestar atención es que entendamos bien su recomendación y evitar así llenar de miedo nuestro corazón, porque esa no es la manera que tiene Jesús de actuar. Él no enseña recurriendo al miedo como emoción de coacción, sino al amor, a la responsabilidad, a la libertad interior, y sobre todo, a la confianza.

Lo segundo a tener en cuenta es que estas palabras no invitan a que la fe sea siempre cuidada y alimentada. No debemos descuidarla, y para cultivarla necesitamos de los espacios de silencio y reposo. La fe en Cristo Jesús se abona en el presente, en el aquí y ahora, y esto requiere de actitud de vida.

Y, en tercer lugar, no debemos olvidar que la vida es un regalo de Dios para cada uno de nosotros. No la echemos a perder. Vivamos con amor para que todas aquellas personas que se crucen en nuestra vida, se alimenten de la luz divina reflejada en nosotros.

Cada cristiano debe crecer en la conciencia y la responsabilidad de que velar y prestar atención a su fe, es la manera de cultivarla. Hoy en este primer domingo de adviento, vamos a renovar ese compromiso de velar y prestar atención a la vida que Dios nos regaló, la propia y la ajena, y así preparar el corazón para recibir al mayor regalo que Dios nos ha hecho: su Hijo Jesús.

Javier Rojas, SJ.

¿Quién espera a quién? 

Nosotros a Dios. Sí, Señor, te esperamos. Con esperanza, con impaciencia, con inquietud e ilusión. Porque seguimos necesitando adivinar en qué rincones te escondes, cuándo te cruzas con nosotros, en qué palabras nos hablas con ternura o con urgencia. Te esperamos porque a veces la vida se nos viene encima, y vivimos acelerados, agobiados, inseguros o sordos. Anhelamos que te hagas más presente, que tu evangelio sea, al fin, buena noticia para tantos… Soñamos que te hagas, una vez más, amigo, maestro, señor en nuestras vidas. Te esperamos porque tantas veces te intuimos y otras tantas te nos escapas. Enséñanos a no desesperar, a preguntar dónde estás, a seguirte buscando, siempre.

Dios a nosotros. Pero tú también nos esperas, y nos llamas. En ocasiones es más difícil darse cuenta de esto. Que tú no fuerzas ni te impones, pero cuentas conmigo. No me arrebatas ni me exiges que viva a tu ritmo, pero sabes que mi corazón latirá de verdad si se acompasa a tu manera de amar. Esperas que me atreva a dar pasos. Que me arriesgue a apostar por ti y por mi prójimo. No te cansas de mis plantones ni mis rodeos, de mis reservas ni mis dudas. No desesperas, pese a mis traiciones. Confías en mí más que yo mismo. Quiero ponerme en marcha, otra vez… Sólo enséñame a dónde.

Pastoral SJ.