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Nuestra Señora del Rosario. (MO).
Gál 3, 7-14; Sal 110, 1-6.

Evangelio según San Lucas 11, 15-26

Habiendo Jesús expulsado un demonio, algunos de entre la muchedumbre decían: “Éste expulsa a los demonios por el poder de Belzebu, el Príncipe de los demonios”. Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo. Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: “Un Reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra. Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su Reino? Porque –como ustedes dicen– yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul. Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces. Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes. Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras, pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita las armas en las que confiaba y reparte sus bienes. El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo desparrama. Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: ‘Volveré a mi casa, de donde salí’. Cuando llega, la encuentra barrida y ordenada. Entonces va a buscar a otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí. Y al final, ese hombre se encuentra peor que al principio”.

Oración a Ntra. Sra. del Rosario

Santa María, Madre nuestra que en cada misterio del Santo Rosario
nos brindas al Salvador, acudimos a Tí necesitados,
nos alegramos que desde la cruz del Señor te haya encomendado
la misión de acercarnos a Él y a su Iglesia por la conversión y la penitencia.
Alentados por la confianza que nos inspiras ponemos en tus manos maternales
nuestras preocupaciones y temores, pero deseamos imitar tu fidelidad a Dios
aceptando con amor y humildad todas las pruebas.
¡Madre nuestra del Rosario!,
que tu presencia renueve nuestra vida, alivie nuestro ser agobiado
por el sufrimiento y la enfermedad, sostenga nuestra docilidad a la gracia
y fortalezca nuestro amor a los demás, convirtiéndonos así en testigos del amor del Padre
que no vaciló por tu intermedio, en darnos a Jesús.

Amén