16DOM

Domingo 29° durante el año.
(Santa Eduvigis, religiosa. Santa Margarita María Alacoque, virgen).
Semana 1ª del Salterio.
Éx 17, 8-13; Sal 120, 1-8; 2Tm 3, 14—4,2.

Evangelio según San Lucas 18, 1-8

Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse: “En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: ‘Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario’. Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: ‘Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme’”. Y el Señor dijo: “Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”.

«Jesús, pacientemente, escuchaba a todos y daba a todos lo que podía: salud a los enfermos, dignidad a los excluidos».

Mientras caminaba por Galilea, a Jesús se acercaron hombres y mujeres profundamente heridos en su dignidad. Hombres y mujeres que gritaban por las calles, interrumpían comidas, rompían las normas de pureza para tocar físicamente, se agolpaban a las puertas de las viviendas y hasta rompían techos para estar en contacto con Él.

Curiosamente, a Jesús no parecía molestarle todo esto. Pacientemente, escuchaba a todos y daba a todos lo que podía: pan a los hambrientos, salud a los enfermos, libertad a los endemoniados, dignidad a los excluidos. Daba una misión a los que curaba: seguirlo, anunciarlo, contar a todos lo que Dios ha hecho, permanecer en la comunidad, salir por los caminos.

Jesús nos invita a tener la misma actitud de estas personas: ser conscientes de nuestra necesidad y vulnerabilidad y acercarnos a Dios para que alivie nuestra carga.

Maximiliano Koch, SJ.
Cuaderno Espiritual.

Ternura de madre

Celebramos el día de la madre y en ella todas las formas de verdadera maternidad, que a veces han dado o no a luz un hijo. En primer lugar nuestra madre, la que nos dio a luz, la primera que nos hizo entender un poquito con su amor incondicional cómo ama Dios a los hombres.

La que nos hizo creer que esto de ser queridos era natural, algo que venía adherido al hecho de vivir. La que guio nuestra mano en nuestro primer signo de la cruz y con ello nos abrió a lo trascendente, nos abrió a Dios, nos hizo saber que existía y de alguna manera nos entregó a Alguien que está por encima de ella y de nosotros. ¿No?

La que nos dio las primeras muestras de ternura, sin sospechar que con ello pondría el cimiento más firme de todo lo que después pudiera construir con su vida el hijo, ¿no?

Esa ternura que quizás de niños nos cobijó, que quizás en nuestra adolescencia creímos no necesitarla y que la rechazamos con nuestras rebeldías o con nuestras indiferencias. Y que pasado el tiempo nos dimos cuenta de que en su debilidad, aquel reservorio de gestos y de palabras aparentemente tan frágiles, tan “inútiles”, termina siendo nuestra gran fortaleza en las horas cruciales de nuestra vida, lo que nos da la respuesta a los cuestionamientos más profundos. Esas respuestas que no se encuentran ni en las más completas de las enciclopedias ni en las más sofisticadas de las computadoras.

Por otro lado sabemos que no todos han tenido la suerte de tener la madre a su lado, o porque partió de este mundo antes de lo deseado o por esas vueltas misteriosas de la vida que no les permitió gozarla todo lo que hubieran deseado o necesitado, pero aún en estos casos ciertamente dolorosos siempre Dios se encargó de poner a su lado seguramente alguna figura materna, alguna mujer buena que los adoptó.

(…) Todas nos demuestran por un lado que el corazón humano y cristiano es feliz en la medida que se da, y que por otro lado, Dios no se deja ganar en generosidad.

Cuando uno celebra el día de la madre, por supuesto comenzando por la propia mamá, es acto de justicia también dar gracias y celebrar esas otras formas de maternidades que a veces quedan medio al costadito del camino pero que son tan grandes, tan hermosas como aquella que nos parió porque la maternidad no es una cuestión fisiológica sino que es una cuestión del corazón.

A todas ellas, por todo el bien que nos han hecho y nos hacen que Dios las bendiga en su día.

Ángel Rossi, SJ.
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