19MIE

De la feria.
Santos Juan Brébeuf e Isaac Jogues, presbíteros, y compañeros, mártires. (ML). San Pablo de la Cruz, presbítero. (ML).
Ef 3, 2-12; [Sal] Is 12, 2-6.

Evangelio según San Lucas 12, 39-48

Jesús dijo a sus discípulos: “Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”. Pedro preguntó entonces: “Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?”. El Señor le dijo: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquél a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Pero si este servidor piensa: ‘Mi señor tardará en llegar’, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto recibirá un castigo severo. Pero aquél que, sin saberlo, se hizo también culpable será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho se le reclamará mucho más”.

La oración

Somos sedientos de Dios. Felizmente es así. Nos creó el Señor para Él y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Él, nos dirá San Agustín en sus Confesiones (Conf. 1, 1, 1)… Hay un hambre de ÉL; y de ahí que cuando uno no hace su oración siente una sequedad, un vacío, un disgusto, que es como una campana, es la voz misma de Dios que nos llama a volver a Él. Feliz aquel que es dócil.

Desgraciado del que la desoye, porque la voz del Señor no es como el trueno, ni como el cañonazo de manera que esa voz irá haciéndose cada vez más lejana y terminará por apagarse. Pobrecito de aquel en quien se ha apagado, cuyo hilo de teléfono con el cielo está cortado. Y sentarse en la iglesia, arrodillarse y aburrirse, y sentirse en el vacío donde todo es lo mismo. Pero aunque así sea, que no desespere, porque si humildemente ora, podrá reparar la línea, porque Dios es tan bueno que basta que nos vea trabajando para que inmediatamente mande reparar los desperfectos y nos de línea… será trabajo de más o menos tiempo, pero la comunicación quedará
restablecida.

Alberto Hurtado, SJ.