23DOM

30° durante el año. (San Juan de Capistrano, presbítero).
Semana 2ª del Salterio.
Ecl 35, 12-14. 16-18; Sal 33, 2-3. 17-19. 23; 2Tim 4, 6-8. 16-18.

Evangelio según San Lucas 18, 9-14

Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: «Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas». En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!». Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».

«La justicia de Dios es misericordia».

En un templo pasan muchas cosas. Lo más importante es que uno se presenta ante el Señor. El evangelio nos propone las imágenes de dos hombres que se presentan ante Dios: El primero habla sí mismo, de sus logros, se sus aciertos, de sus esfuerzos y de sus méritos. Seguramente salió del Templo contento de sí mismo.

El segundo se presenta ante Dios, con temor y vergüenza. Sabe quién es Dios. Se reconoce a sí mismo en su límite, en su pecado y en la distancia que este coloca entre él y su Dios. Considera que no tiene nada que agradecer, no pondera sus esfuerzos ni habla de sus méritos. Lo que tiene ante el Señor es la necesidad de ser perdonado y por eso pide piedad.

Este segundo personaje regresa a su casa más aliviado, más pleno, más integrado. El Evangelio dice que volvió justificado porque experimentó la justicia de Dios que es misericordia que acoge, perdona y devuelve la dignidad perdida por el pecado a quienes claman la piedad de Dios sobre la propia vida.

Raúl González, SJ.
Cuaderno Espiritual.

Un mar de fueguitos 

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
Y a la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

– El mundo es eso – reveló -Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.

No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas.

Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros, otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Eduardo Galeano.