30DOM

31° durante el año. Semana 3ª del Salterio.
Sab 11, 22-12, 2; Sal 144, 1-2.8-11.13c-14; 2Tes 1, 11-2, 2.

Evangelio según San Lucas 19, 1-10

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicómoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: “Se ha ido a alojar en casa de un pecador”. Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: “Señor, yo doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le doy cuatro veces más”. Y Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.

«Todos sabemos que luchamos dentro de lo que podemos».

Zaqueo es un personaje que conocemos bien, porque en él nos vemos retratados cada uno de nosotros, porque, ¿quién es capaz de tenerse a sí mismo por excesivamente “justo” o “bueno”? Todos sabemos que luchamos dentro de lo que podemos, pero somos pecadores, es decir, somos aquellos que, como Zaqueo, necesitamos treparnos a un árbol, para ver al menos de lejos a Jesús. ¿A qué cosas me trepo con regularidad, cuando Jesús viene igual a quedarse en mi casa?

Jesús no le dijo una sola palabra de advertencia a su vida pecadora, sino que bastó que fuera a su casa para que Zaqueo concretara un cambio radical. Jesús perdona aquello que a nosotros nos resulta complicado asumir. Hoy podría preguntarle a Jesús si se quiere quedar en mi casa, en mi vida, para que me enseñe este don precioso de la conversión, de acercarme un poco más a Él y así ser más próximo de los hombres.

Marcos Stach, SJ.
Cuaderno Espiritual.

Solo los amados, aman

Ayúdate tú primero. Sólo los amados aman.
Sólo los libres libertan. Sólo son fuentes de paz
quienes están en paz consigo mismos.

Los que sufren, hacen sufrir.
Los fracasados necesitan ver a otros fracasar.
Los resentidos siembran violencia.
Los que tienen conflictos provocan conflictos a su alrededor.
Los que no aceptan no pueden aceptar a los demás.

Es tiempo perdido y utopía pura pretender dar a tus semejantes
lo que tú no tienes. Debes empezar por ti mismo.

Motivarás a realizarse a tus allegados en la medida en que tú estés realizado. Amarás realmente al prójimo en la medida en que aceptes
y ames serenamente tu persona y tu pasado.

“Amarás al prójimo como a ti mismo”, pero no perderás de vista
que la medida eres “tu mismo”.
Para ser útil a otros, el importante eres tú mismo.

Sé feliz tú y tus hermanos se llenarán de alegría.

 

Ignacio Larrañaga.